Seducción


Por años, las alegrías y las tragedias de la vida circularon como rumores entre un pequeño grupo de conocidos. Los secretos a muchas voces protegieron el buen nombre y el recato de las buenas familias. Ya no, en la democracia cultural que han desatado las redes sociales, ser visto es señal de éxito. 

La tecnología nos transforma. Si en el futuro algún arqueólogo encontrara restos materiales de la vida de nuestros tiempos, una computadora, un teléfono inteligente, una tablet, la “hipervisibilidad” (Gérard Imbert, 2011) sería un dato duro. La evidencia reuniría monólogos, videos y fotos mostrando la vida (¿cotidiana?) de personas (¿influyentes?) y revelaría el fenómeno de los que observan (¿seguidores?) vidas ajenas. 

Mostrarse a los demás en las redes sociales crea un modo nuevo de mirar y sentir, quizá de Ser. A mis nietos la cámara no les asusta, hacen gestos, se exhiben, es como si nacieran con un ánimo de ser vistos, un ánimo distinto al de mis bisabuelos a quienes conozco por unas fotos en sepia posando una vida como de museo. 

La curiosidad por echar una miradita a la vida del otro no ha cambiado, más de una abuela llenó sus días asomándose desde su ventana al patio del vecino; son las líneas de la intimidad las que cambian las reglas sociales con las que nos relacionamos. Lo privado recibe un brochazo de lo público; lo íntimo, de lo social. Líneas sin límites claros, fronteras desdibujadas en las redes sociales.   

Popularidad. Seguidores. Se trata de un nuevo sabor del éxito capaz de producir riqueza y poder. En nuestra sociedad, entre más ojos observan, mejor, porque una idea, un producto, una moda por más grandiosa que sea, si no tiene seguidores pasa con poca o ninguna consecuencia. Los influencers utilizan las plataformas de las redes sociales para promover productos y su valor se mide por la cantidad de seguidores que tienen (la mayoría entre 23 y 35 años). 

Y es tanto el deseo de ser seguido en las redes sociales, que ha provocado un mercado negro de bots, “una fábrica de seguidores”, revela una investigación de The New York Times (2018). La firma Devumi ha creado 3.5 millones de cuentas falsas que se venden una y otra vez para proveer 200 millones de seguidores. Los bots son seguidores “fabricados” a partir de un usuario real al que se le hace alguna modificación para duplicarlo, y están a la venta por unos cuantos centavos de dólar. Estas cuentas falsas pueden desproporcionar encuestas políticas, arruinar un restaurante o una reputación. 

Tengo resistencia a los influencers y bloggers de la moda, lo confieso, me pierdo en lo superficial de sus historias, quisiera conocer sus ideas, sus emociones reales, sus miedos, una intimidad más retadora que la de exhibir pleitos de pareja o su maleta abierta acomodando la ropa para un viaje. Pero reconozco su éxito para seducir seguidores, quizá unos cuantos comprados o negociados; y aunque le restáramos los falsos, su poder de influenciar a otros es enorme. Sus propuestas crean tendencias culturales en el cómo SER de miles de personas. 

Las sensaciones viajan junto con las imágenes en las redes sociales: el amor en una cena a la luz de las velas, la paz de un atardecer, el glamour del vestir, la audacia de escalar montañas, un saludo desde la Torre Eiffel o el sufrimiento por la mascota perdida. Dramatizando el drama, llenan lo cotidiano con emociones fuertes. 

Seguir a los influencers o a los bloggers divierte, mirar sus pedacitos de intimidad (o lo que parece serlo), entretiene. Mostrándose, acarician fibras de nuestra fantasía y se atreven a abrir recovecos de esas sombras junguianas que los de mi generación hemos reprimido con grandes costos emocionales. El deseo de tener se exhibe sin pudor. Y el miedo a la verdadera intimidad se acomoda bien en la distancia de una pantalla. Un blogger sube lo inesperado, exagera lo cotidiano para sostener la mirada de sus seguidores.

“Llevamos muchos siglos siendo y tratando de ser; hemos nacido y hemos muerto, hemos mirado las estrellas y llegado al mar, hemos sabido del abrazo, del desgarramiento y del duelo, el amor o la pena nos han hecho cantar o nos han prolongado su suntuoso silencio…”, escribió Germán Dehesa en 1996. Según los tiempos y su cultura, intentamos ser: pensar para ser, tener para ser, imaginar para ser, dominar para ser, y ahora las redes sociales nos entrenan a parecer para ser. 

Seducir sirve a la cultura del espectáculo, pero sus técnicas pudieran ser un aliado en la promoción de ideas y valores que nos lleven a construir mejores sociedades. Finalmente, en nuestros días, gran parte de la vida pasa por las redes sociales.

Twitter: @Lucy_dellaguno

lucy@humanae.mx







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