Si me hubiera casado con la residente...


Llevo en la fila 45 minutos, los vehículos enfrente de mí avanzan poco a poco, bajamos al lecho del río lentamente, presentamos la "green card", buscamos un espacio para estacionar y luego, con mochilas en mano, esperamos el "transfer" que nos llevará al destino final: los lugares de trabajo.

Ya en el destino final las calles son limpias y transparentes, se ven pocos carros particulares (todos con su ID de residente) y casi no hay peatones. Todos los peatones debemos caminar por los andadores peatonales de segundo nivel o por los callejones de servicio, ninguno a nivel de calle o al frente de los comercios. Extraordinaria y valiente medida, desde 2019 que no se registra un solo atropellado.

En mi cabeza da vueltas el tema de la consulta médica de la próxima semana, debo conseguir un salvoconducto para entrar en auto y luego un tarjetón para estacionar en frente del consultorio, mamá no puede caminar mucho y el estacionamiento público más cercano está como a un kilómetro de distancia; imposible que ella camine tanto.

El vehículo autónomo eléctrico lo puedo conseguir prestado, el salvoconducto tarda pocos días, pero el tarjetón para estacionar en la calle es prerrogativa de los residentes, así que es imposible conseguirlo. Desde su implantación, todos los residentes consiguieron tarjetones extra en el mercado negro y reconvirtieron sus cocheras en espacios recreativos, el espacio que ocuparían tres o cuatro carros es más que suficiente para un jacuzzi de jardín, un asador o para alojar toda la servidumbre. Conseguir uno, por un par de horas, costaría una semana de sueldo.

Ya en mi escritorio sigo pensando... todavía queda la posibilidad de comprar espacio adicional en el car sharing o comprar un espacio en los transfers de comercios o de restaurantes; si esa es la opción, bastaría con fijar día y hora para que nos recoja en el andén exclusivo que tienen en el lecho del río; que nos traiga mi mujer, bajar al río, nos deja en el transfer y luego, al final de la tarde, nos recoge. Esa puede ser la opción más cómoda, sólo hay que organizar las vueltas, de aquel lado del río, de mi mujer y los niños.

Pero bueno, todavía hay tiempo. Por ahora, a ocuparse de las vueltas del día de hoy, luego el regreso y a tener paciencia.

Al final de la tarde, cuando inicio el regreso a casa, pienso: las calles, para los residentes, son un paraíso, los carriles exclusivos y contraflujos funcionan genial, 125,000 carros (uno por habitante) parecen muchos, pero ya ocupando la mitad de los carriles son realmente pocos. El problema está en la otra mitad, en los carriles destinados a los no residentes, sobre todo en las cercanías de los accesos al río; los vehículos que se dirigen a los cuatro transfers siguen siendo muchos, me han tocado filas de un kilómetro. De la oficina al transfer más cercano son 25 minutos, 45 para salir del río y luego otros 45 minutos hasta la casa.

Llego al andén del transfer que me toca, la mochila pesa el doble que en la mañana y todavía falta hora y media para llegar a casa.

Pero bueno, no más quejas, si me hubiera casado con la residente, otro cuento sería...



Volver arriba