Si yo te hubiera dicho no te vayas...


Ahora resulta que en diferentes apariciones, algunos legisladores –desde luego republicanos– que estuvieron en la reunión en la que el presidente Trump se refirió a El Salvador, Haití y algunos países africanos como "hoyos de mierda" afirman no haber escuchado precisamente esas palabras en el encuentro. No pueden sostener rotundamente que el Presidente de Estados Unidos no hizo uso de la vulgar expresión: ellos simplemente no la oyeron.

La política de nuestros vecinos en esta administración se ha metido en un berenjenal de contradicciones, mentiras, equivocaciones y simulaciones. Por la inmediata cercanía histórica y geográfica los mexicanos hemos tenido que estar más atentos de esos vaivenes, que en términos figurados se asemeja al nada imaginario juego del gato maula con el mísero ratón.

Material hay de sobra en dos áreas fundamentales para la existencia misma de nuestro país: migración y comercio. Con habilidad malévola, Trump nos ha traído a mal traer con la amenaza de sacar a su país del tratado tripartita de libre comercio en Norteamérica y castigar de 1,000 maneras a los migrantes mexicanos que constituyen un factor definitivo para el desarrollo de su país.

De esta forma, cíclicamente el Presidente de la nación más poderosa del mundo insiste en la edificación de un muro, pagado por México, para un hipotético cese de la migración indocumentada. De una manera particularmente torpe ha tratado de amedrentar a los llamados ´dreamers´, cientos de miles de jóvenes que llegaron a Estados Unidos sin pedirlo ni desearlo, de la mano de sus padres que buscaban un mejor futuro para sus familias. Particularmente torpe porque, en su gran mayoría, estos jóvenes han cursado sus estudios allá y no son precisamente unos flojos. Constituyen una fuerza laboral calificada que debiera aprovechar allá, formalizando su situación legal.

Pero hay otro núcleo de migrantes, particularmente centroamericanos pero también afganos, africanos o asiáticos, que tienen en su posible deportación una amenaza de muerte.

La revista The New Yorker que se encuentra circulando esta semana con fecha del martes pasado publica un estupendo reporte de Sarah Stillman en colaboración con el Proyecto de Migración Global de la escuela de Graduados de Columbia. Se titula "Cuando la deportación es una sentencia de muerte" y es una disección muy bien realizada de casos varios de inmigrantes indocumentados que, en el caso de ser deportados, van a enfrentar en el mejor de los casos persecución y violencia en sus países de origen. En el peor, van a ser asesinados.

Las cifras de Naciones Unidas, desde el año 2008, indican que el número de personas buscando asilo de Honduras, Guatemala y El Salvador se ha quintuplicado. De acuerdo a la misma organización, Honduras tiene el más alto índice de asesinatos en el mundo. Guatemala y El Salvador le siguen muy de cerca.

El caso de los mexicanos no es, todavía, así de dramático. No obstante, algunos de esos indocumentados, especialmente mujeres, tienen sobre ellos la amenaza de venganza cruel emitida por sus exparejas sentimentales que se sintieron traicionadas y han prometido matar a sus perseguidas en cuanto crucen la línea fronteriza.

Desde luego que esa actitud segregacionista tiene tradición. Tal como señala la señora Stillman, en 1939 el gobierno de Estados Unidos se negó a dejar entrar un barco en el que llegaban 900 judíos escapando de la Alemania nazi. Por lo menos 200 de ellos murieron en ese fenómeno de inhumanidad que se conoce como Holocausto. El presidente Franklin Delano Roosevelt, de tan celebrada memoria, afirmaba que los judíos encarnaban una amenaza para la seguridad nacional de su país. En una conferencia de prensa, citada en el estudio, Roosevelt señaló que entre los judíos recibidos por otros países como refugiados se habían encontrado espías comprobados.

Entre los rechazados en 1941 estaba Anna Frank y su familia. La niña de trágica fama murió poco después de tifo en el campo de concentración de Bergen Belsen.

Pero eso fue hace casi un siglo. Nuestro tiempo no se puede permitir tropezar dos veces con la misma piedra. Si es el país que se precia de ser el más democrático del mundo, ¿qué caso tuvo haber vivido?


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