Sin Biblia y Crucifijo


Una Iglesia. Un museo. Así sentí la Catedral de Granada, dedicada a Nuestra Señora de la Encarnación. 

Hicimos la visita en Domingo de Corpus. Nos recibió una taquilla que pedía una donación de €5 euros por persona a cambio de un boleto de entrada, un audio guía programado en varios idiomas y la promesa de la conservación y mantenimiento del lugar. Nos unimos a otros turistas. Presionamos el número que coincidía con el sitio para escuchar la explicación de un altar, capilla, columna o la historia de cómo Carlos V había construido la Catedral siguiendo la iniciativa de sus abuelos maternos Fernando e Isabel –los Reyes Católicos–, después de haber reconquistado Granada.  

Paseábamos todos por la Catedral como lo hubiéramos hecho en un museo, alzando la vista, posando para una foto, admirando una pintura, escuchando el audio guía. Me detuve un momento. Frente a mi estaba la Custodia que había salido a la calle esa mañana en la procesión de Corpus Christi, y sobre ella, la primera Custodia de Jesús, una pintura de la Virgen en el momento del sí a su maternidad. 

Pedro Sánchez juró ante el rey Felipe VI su nuevo cargo: "Prometo, por mi conciencia y honor, cumplir fielmente con las obligaciones del cargo del presidente de Gobierno, con lealtad al Rey, y guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado, así como mantener el secreto de las deliberaciones del Consejo de Ministros". El acto es histórico para el país porque Sánchez sustituye a Mariano Rajoy, hoy expresidente de España, debido a una sentencia del caso de corrupción "Gürtel" en la que su partido fue condenado junto con políticos y empresarios. Histórico también, porque Sánchez realizó el juramento sin Biblia ni Crucifijo. 

Quizá no sea un buen momento para insistir en la religión. Los abusos de algunos sacerdotes, el silencio de otros, y sobre todo, el cuestionamiento de la Verdad que no se fía ya de los discursos de la manzana y la serpiente, del pan multiplicado o del mar que se abre, han provocado una desbandada de lo cristiano a lo agnóstico. 

Pero es que aquí, en España, sí que saben celebrar sus fiestas religiosas. Unos días antes, en Sevilla se había celebrado a San Fernando, el patrono de la ciudad y en la mañana siguiente Corpus Christi. Cuatro horas de procesión. El coro, sacerdotes y obispos; los niños que harían su primera comunión, hermandades, bandas de música y comisiones militares; jefaturas, universidades y apostolados caminaban en orden entre las figuras de San Fernando, San Leandro, entre las Santas Justa y Rufina, la Virgen, y al final, la Custodia. Toda Sevilla habitó la calle alfombrada de romero. Bastones y carreolas, ramitos de romero y espigas de trigo, rosarios y crucifijos. ¡Y las iglesias con tan pocos fieles escuchando misa! 

Coincido con Henri Nouwen en que "sólo se puede celebrar si existe algo presente para ser celebrado". Las ciudades españolas celebraban la fiesta, pero el motivo, para una gran mayoría, pasaba desapercibido. Solo uno de cada cinco españoles que se dicen católicos van a misa los domingos, pero eso sí, reciben los sacramentos y son miembros de hermandades, llenan las calles con su alegría y tradición. Pero la fiesta se vacía cada día más de Eso que representa. Porque no se puede celebrar Navidad sin nacimiento, Pascua sin vida que se renueva, Pentecostés sin Espíritu, o Corpus Christi, sin hacer espacio para Dios en nosotros.

En España, las catedrales ofrecen "visitas culturales" y las donaciones son necesarias para su conservación, pero eché de menos la invitación a sentir la devoción añejada que con los años, como el vino, debiera tener un sabor más profundo, uno que fuera capaz de reconquistar el sentido de las celebraciones.

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