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Una historia del Evangelio particularmente eficaz relata el encuentro de Jesús con una mujer sirofenicia. El punto central de esa historia es el lugar donde se produce su encuentro. Se lleva a cabo en las fronteras de Samaria. Para Jesús, Samaria era un territorio extraño, tanto en términos de etnicidad como de religión. En su encuentro con esta mujer, él está parado en los márgenes, las fronteras, de cómo él en aquel tiempo se entendió a sí mismo religiosamente.

Creo que aquí es donde nos encontramos hoy como cristianos, en nuevas fronteras en términos de relacionarnos con otras religiones, y no menos importante, con nuestros hermanos y hermanas islámicos. El punto más importante de la agenda para nuestras iglesias durante los próximos cincuenta años será el tema de relacionarse con otras religiones, el islam, el hinduismo, el budismo, el taoísmo, las religiones indígenas en las Américas y África, y diversas formas, antiguas y nuevas, del paganismo y Nueva Era. En pocas palabras, si toda la violencia derivada del extremismo religioso aún no nos ha despertado, estamos peligrosamente dormidos. No tenemos opción. El mundo se ha convertido en una aldea, una comunidad, una familia y, a menos que comencemos a comprendernos y a aceptarnos más profundamente, nunca seremos un mundo en paz.

Además, para nosotros, como cristianos, la amenaza de odio y violencia proveniente de otras religiones no es la razón principal por la que estamos llamados a comprender más compasivamente a los creyentes no cristianos. La razón más profunda es que el Dios que honramos nos llama a hacer eso. Nuestro Dios nos llama a reconocer y dar la bienvenida a todos los creyentes sinceros en nuestros corazones como hermanos y hermanas en la fe. Jesús deja esto muy claro en todas partes en su mensaje, y en ocasiones lo hace incómodamente explícito: ¿Quiénes son mis hermanos y hermanas? Son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la guardan... No son necesariamente aquellos que dicen Señor, Señor, quienes entran al Reino de los Cielos, sino aquellos que hacen la voluntad de Dios en la tierra. ¿Quién puede negar que muchos no cristianos hacen la voluntad de Dios aquí en la tierra?

No obstante, ¿qué hay acerca del extremismo, la violencia y las expresiones perversas de la religión que vemos con frecuencia en otras religiones? ¿Podemos realmente considerar estas religiones como verdaderas, teniendo en cuenta las cosas horribles que se hacen en su nombre?

Todas las religiones deben ser juzgadas, como sostiene Huston Smith, por sus expresiones más elevadas y sus santos, no por sus perversiones. Esto también es cierto para el cristianismo. Esperamos que otros no nos juzguen por nuestros momentos más oscuros o por los peores actos jamás realizados por los cristianos en nombre de la religión, sino por todo lo que  buenos cristianos han hecho en la historia y por nuestros santos. Debemos la misma comprensión a otras religiones, y todas ellas en su esencia y en sus mejores expresiones nos llaman a lo que es uno, bueno, verdadero y hermoso, y todas ellas han producido grandes santos.

Sin embargo, ¿qué hay de la singularidad de Cristo? ¿Qué pasa con la afirmación de Cristo de que él es el (único) camino, la verdad y la vida y que nadie puede acercarse a Dios sino por medio de él?

A lo largo de la historia de más de 2,000 años, la teología cristiana nunca se ha apartado de la verdad y la exclusividad de esa afirmación, a excepción de una serie de teólogos individuales cuyas opiniones no han sido aceptadas por las iglesias. Entonces, ¿cómo podemos ver la verdad de otras religiones a la luz de la afirmación de Cristo de que él es el único camino hacia el Padre?

La teología cristiana (ciertamente esto es cierto para la teología católica romana) siempre ha aceptado y enseñado proactivamente que el Misterio de Cristo es mucho más grande que lo que se puede observar en el evidente desenvolvimiento histórico del cristianismo y las iglesias cristianas en la historia. Cristo es más grande que nuestras iglesias y también opera fuera de nuestras iglesias. Todavía le está diciendo a la Iglesia lo que Jesús le dijo a su madre: " Debo ocuparme de los asuntos de mi Padre".

Anteriormente expresábamos esto al afirmar que el Cuerpo de Cristo, el cuerpo completo de creyentes, tiene un elemento visible e invisible. En los creyentes bautizados y explícitos, vemos el Cuerpo de Cristo visible. Sin embargo, al mismo tiempo reconocemos que hay incontables personas que por todo tipo de razones inculpables no han sido bautizadas explícitamente y no profesan una fe explícita en Cristo, pero que por la bondad de sus corazones y acciones deben ser consideradas parientes de nosotros en la fe.

Esto puede sorprender a algunos, más, de hecho, la enseñanza dogmática de la Iglesia Católica Romana es que las personas sinceras en otras religiones se pueden salvar sin convertirse en cristianos, y enseñar lo contrario, es una herejía. Esto se basa en la comprensión del Dios a quien adoramos como cristianos. El Dios a quien Jesús encarnó quiere la salvación de todas las personas y no es indiferente a la fe sincera de miles de millones de personas durante miles de años. Deshonramos nuestra fe cuando enseñamos algo diferente. Todos nosotros somos hijos de Dios.

Al final, hay un solo Dios y Dios es el Padre de todos nosotros, y eso significa todos nosotros, independientemente de la religión.


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