OpiniónMonterrey
Más del autor

Piedra, papel o tijera

Recomendaciones matrimoniales

El peligro de la artistocracia y la famosocracia

¡Qué nivel de campañas!

Gracias, estimados maestros

Esperanza

Protesta, cordura y una respuesta cristiana

Sobre el suicidio y la desesperación


Durante siglos, el suicidio fue considerado como un acto de desesperación y la desesperación misma fue vista como el pecado más grave de todos. En muchos círculos religiosos, la desesperación era vista como la más pecaminosa de todas las acciones y definitivamente imperdonable.

Tristemente, queda un fuerte residuo de eso, el suicidio aún es visto por muchos como un acto de desesperación, una afrenta a Dios y a la vida misma, una renuncia imperdonable a la esperanza. Muchas personas de la Iglesia todavía ven el suicidio como un acto de desesperación y como el pecado imperdonable contra el Espíritu Santo. Los católicos romanos a veces refuerzan esta noción al leer el Catecismo de la Iglesia católica que define el pecado de la desesperación de la siguiente manera:

"¡LA DESESPERACIÓN es el pecado más grave que una persona puede cometer!... Como la presunción, la desesperación es un pecado contra el Primer Mandamiento. Nos aleja de la esperanza, que es una virtud infundida que se recibe en el Bautismo junto con la gracia santificante y que tiene como principal objeto la posesión de Dios. En Marcos, 3: 28-29, leemos que: ´En verdad, te digo, todos los pecados serán perdonados a los hijos de los hombres, y cualquier blasfemia que profieran; pero quien blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tiene perdón, sino que es culpable de un pecado eterno´".

Eso bien puede ser cierto, excepto que el suicidio no es desesperación. Los diccionarios definen la desesperación como la completa falta o ausencia de esperanza. Sin embargo, eso no es lo que sucede en la mayoría de los suicidios. ¿Qué es lo que sucede?

La persona que se está quitando la vida no tiene la intención de actuar como un insulto o afrenta a Dios o a la vida (porque eso sería un acto de fortaleza y el suicidio es generalmente la antítesis de eso). Lo que sucede en la mayoría de los suicidios es el polo opuesto. El suicidio es el resultado de una gran derrota.

Hay una escena poderosa en la adaptación musical de Víctor Hugo, Les Miserables. Una joven mujer, Fantine, yace muerta. Ella cuenta que una vez fue joven y estaba llena de sueños esperanzadores; mas ahora agotada por una vida de pobreza, abatida por un corazón roto y vencida por una enfermedad física, ella está derrotada y debe someterse al lúgubre hecho de que "hay tormentas que no podemos soportar".

Ella tiene razón, y cualquiera que no acepte esa verdad algún día llegará a una comprensión dolorosa y amarga de ésta. Hay cosas en esta vida que nos aplastarán, y la rendición no es un acto de desesperación y de hecho no es en absoluto un acto libre. Es una derrota humillante y triste. 

Y ése es el caso con la mayoría de las personas que mueren por suicidio. Por razones que van desde enfermedades mentales hasta una variedad infinita de tormentas abrumadoras que pueden afectar a una persona, a veces hay un punto en la vida de las personas donde éstas son dominadas, derrotadas e incapaces de continuar ganándose la vida, paralelamente a alguien que muere como víctima de una sequía, huracán, cáncer, enfermedad cardiaca, diabetes o Alzheimer. No hay pecado al ser vencido por una tormenta mortal. Podemos ser dominados, y algunas personas lo son, sin embargo, eso no es desesperación (la cual sólo puede ser voluntaria y un acto de fortaleza).

Para empezar, no entendemos la enfermedad mental, que puede ser tan real e igual de mortal que cualquier enfermedad física. Nosotros no culpamos a alguien por morir de cáncer, derrame cerebral o un accidente físico, mas invariablemente proyectamos sombras morales sobre alguien que muere como resultado de varias enfermedades mentales, las cuales juegan un papel mortal en muchos suicidios. Afortunadamente, Dios todavía está a cargo y nuestra comprensión errónea, mientras que en general mancha permanentemente la forma en que alguien es recordado en este mundo, no tiene efecto en la salvación en el otro lado.

Más allá de la enfermedad mental, podemos ser derrotados en la vida por muchas otras cosas. La tragedia, la pérdida desgarradora, una obsesión no correspondida, y la vergüenza paralizante pueden a veces romper un corazón, abatir una voluntad, matar a un espíritu y llevar un cuerpo a la muerte. Y nuestro juicio sobre esto debería reflejar nuestra comprensión de Dios: ¿Qué Dios, amante y misericordioso, condenaría a alguien porque él o ella, como Fantine, de Víctor Hugo, no pudieron soportar la tormenta? ¿Es Dios parte de nuestras propias nociones estrechas donde la salvación está reservada principalmente para los fuertes? No, si se ha de creer en Jesús.

Observe que cuando Jesús señala el pecado, Él no señala dónde somos débiles y estamos vencidos; más bien Él señala en dónde somos fuertes, arrogantes, indiferentes y críticos. Busca en los Evangelios y haz esta pregunta: ¿En quién es más duro Jesús? La respuesta es clara, Jesús es más duro con aquellos que son fuertes, críticos y que no tienen sentimientos por aquellos que están soportando la tormenta. Fíjese en lo que Él dice sobre el hombre rico que ignora al hombre pobre que está en su puerta, lo que dice sobre el sacerdote y el escriba que ignoran al hombre golpeado en una zanja y lo crítico que es con los escribas y fariseos que rápidamente definen quién cae bajo el juicio de Dios y quién no.

Sólo una comprensión errónea de Dios puede sustentar la desafortunada noción de que ser aplastado en la vida constituye desesperación.

www.ronrolheiser.com


Volver arriba