Sobreviviendo a la adolescencia


Durante casi 15 años de práctica profesional les puedo compartir que he observado muchos estilos de crianza, padres e hijos con diferentes personalidades; hijos que no entienden a sus papás, padres que no quieren entender a sus hijos, hijos y padres rivales, padres ausentes, hijos demandantes, etc. Gratamente han sido más los positivos, pero por más que se lleven mal o bien, todos llegarán a la adolescencia.

Papás, tíos, abuelos y maestros, les tengo una buena noticia y una mala. La mala es que la adolescencia es prácticamente obligatoria. La buena es que, en casi todos los jóvenes, se pasa (uno que otro Peter Pan que se resiste). Es una dolencia que se cura con el tiempo. Sin embargo, este tiempo tiene muchos meses y sus respectivas 24 horas diarias.

La adolescencia no sólo es una etapa natural del desarrollo de los hijos, sino que es necesaria para que se consolide su personalidad, experimentando, corrigiendo, acertando, sufriendo con cada decisión tomada y consecuencia adquirida; a la par de las oscilaciones de su frágil autoestima y una cantidad de hormonas alucinantes que le hacen ver moros con tranchetes o despampanantes Dulcineas por todos lados.

Dado que la adolescencia llega sin aviso y mucho menos permiso, cualquier adulto responsable de un adolescente poco puede hacer para evitarla. 

Nuestro niño lindo y amoroso es transformado por el hechicero de la pubertad, no deja de él más que detalles y recuerdos casi imperceptibles de aquel niño que adorábamos. La apuesta es la siguiente: no preocuparnos ni agobiarnos más de la cuenta, porque, tras unos años de gritos y sombrerazos, el hechicero nos devolverá a unos jóvenes hombres o mujeres más aterrizados a la realidad.

Ya me imagino lo que estará pasando por su cabeza:  ¿Y, por ahora, qué hago? Las reacciones polares, las rezongadas, las caras, los ojos, etc. ¿No hay forma de brincárselo?  Lamentablemente NO. Pero hay algunas cosas que podemos ir haciendo para que llegado el momento no estemos al punto del colapso cada media hora.

Les sugiero las siguientes estrategias:

1. -Establece límites claros, sin lugar a puntos ciegos. El adolescente se vuelve tan hábil en la manera de extender los límites a su favor, que no hay que permitírselo. Recuerdo una vez cuando en fiesta de Halloween coincidió con el cambio de horario, no fue mala intención que los chicos supusieran que las 12 se volverían la una. Pero creo que sus papás no pensaron lo mismo.

2. Invertir en la infancia en tareas mecánicas y cotidianas, levantar su plato después de comer, preguntar si falta alguien más por comer antes de tomar lo último de la olla.

3. Cultura del esfuerzo. Clases de deportes, el hacer un esfuerzo extra para que la tarea se vea mejor, el tender la cama de forma correcta son condiciones que se trabajan de manera diaria.

4. Enséñales el gusto por el orden, la limpieza, lo bonito y lo bien hecho.

5. Edúcalo en aprender a brindar amor y recibir amor. Sin brincarse el respeto.

6. El “por favor” y el “gracias” de memoria como si fuera un acto reflejo casi casi automatizado.

Las estrategias anteriores no ocupan de un psicólogo ni de un terapeuta, sólo adultos comprometidos y sobre todo previsores, ya que lo que siembres hoy lo recogerás mañana.




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