Socavón azul


Con la reciente renuncia de Margarita Zavala de las filas del PAN, se ha inaugurado un nuevo momento de crisis interna en ese partido. Esa crisis, aunque desde mi percepción está sobredimensionada, es sin duda una cuestión que, hacia adentro, tienen que atender con asertividad los dirigentes de todos los niveles de la institución.

Tras la renuncia del viernes, lo más probable es que la estructura partidista del PAN permanezca intocada. Los calderonistas tienen una presencia relevante en el Senado de la República; pero nada más. Ni en el CEN, ni en el Consejo Nacional, ni en los consejos estatales, ni en los comités estatales y municipales, ni en la bancada panista de diputados federales, ni en las legislaturas de los estados, hay una fuerte presencia de políticos zavalistas.

En las posiciones de mando y de liderazgo al interior del PAN, al menos desde hace dos años, se han conformado mayoritariamente de forma muy clara las lealtades de los grupos partidistas. La crisis interna no es de estructura, ni de reorganización, es igual que las más recientes, una crisis de carácter moral. El divisionismo que la renuncia de Zavala supone es claramente una resta en las tendencias de preferencias electorales para el PAN –que como sabemos, a diez meses de las elecciones, responden más al nivel de conocimiento de los candidatos, que a una intención de voto definida– pero no hay que confundirlo con una polarización dramática de la militancia; cosa que de ninguna manera está ocurriendo.

Al interior del PAN hay unidad. En el año 2015, se dejaron de lado intereses particulares de los diferentes grupos de esta institución, para coincidir en un proyecto común de partido al que se sumó el más del 80% de la militancia, que eligió que Ricardo Anaya tomara las riendas del blanquiazul. A diferencia del caso de Roberto Madrazo, en el PAN no existe un Tucom como el del 2006; más bien existe exactamente el fenómeno contrario. Bajo el mando de Anaya, el PAN pasó de tener cuatro a 14 gobernadores. Los nuevos gobernadores panistas –incluido Javier Corral, que compitió contra Anaya internamente por la presidencia del partido– no están aliados contra la dirigencia, si no que la respaldan en su mayoría, como respaldan también el proyecto del Frente Ciudadano por México y la política partidista que se ha venido desarrollando en los últimos meses desde el CEN.

El socavón azul es una cuestión de moralidad que tiene, en mi opinión, una doble causa. La primera, es una histórica repetición de un fenómeno que por enésima vez le sucede al PAN: a los panistas que pierden el poder les encanta pegarle a la institución como estrategia. En Nuevo León lo hemos vivido todos los años desde el 2003. Cada vez que entrevistan a un antiguo líder del partido, salvo el caso de algunas honrosas excepciones, el entrevistado en cuestión aprovecha la oportunidad para despotricar abiertamente contra la nueva generación de panistas que se encuentra al frente del PAN. Considero una cuestión de principios, abstenerse de hacer esto. Sobre todo si se verdaderamente se cree en la doctrina que el partido predica. Desde luego que las nuevas dirigencias no son perfectas, como tampoco fueron las de antes; pero no cuesta mucho esfuerzo encontrarles virtudes, si se parte de un juicio objetivo. Existen otras instancias para desahogar estas críticas: escribir documentos, pedir audiencias con los que ocupan posiciones de mando, participar en foros y conferencias de una forma constructiva, o, al menos, criticar proponiendo una solución viable al mismo tiempo. Habiéndose agotado estas instancias, existe la posibilidad de competir al interior del PAN. El problema es que, a sabiendas de que en una elección interna van a perder, empiezan a presionar con reclamos inusuales como definir al candidato antes del periodo de precampaña– o, de plano, buscan otras alternativas so pretexto de que el partido en el que militaron toda su vida ahora resulta que de la noche a la mañana ya no sirve para nada.

Aquí en Nuevo León, conocemos numerosas historias con esa narrativa.

La segunda causa tiene que ver con una falta de un mecanismo efectivo para generar espacios de participación dentro del PAN para los integrantes de grupos minoritarios. Aquí la cuestión de moralidad es adoptar una actitud disruptiva. El problema es que el poder no se comparte. Al menos a nivel local, he sabido de casos en los que sí se incluyen a representantes de diferentes equipos de panistas, pero fácilmente caen en la tentación de polarizarse y abandonan una actitud constructiva, bajo la excusa de que “construir” es en realidad ponerse a trabajar para el adversario político interno. Entonces resulta que: 1.- sin tener fuerza suficiente para ocupar un cargo de liderazgo en el PAN quiere participar, pero, al mismo tiempo, 2.- en realidad no quieren participar porque adoptan una actitud que nada aporta al partido; y eso eventualmente resulta en que 3.- el PAN es un partido amafiado por un puñado de personas, cosa que desde luego que no es cierta.

Tapar el socavón azul del que habla el senador Javier Lozano es una tarea compartida entre los grupos de panistas disidentes y los que permanecemos en el partido. Entristece, que quienes han representado al partido con éxito y con una valía sobresaliente, desprecien a la institución por un afán perpetuo de querer seguir representando al partido a como de lugar. Estas escisiones, aunque sean solamente de carácter moral, en realidad decepcionan profundamente a los nuevos líderes del partido, en todos los niveles, que crecieron y se han forjado admirando la tenacidad de quienes ahora los reprochan por no ponerles alfombras rojas para ocupar puestos públicos.

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