Soledad acompañada


La soledad es un mal de las sociedades modernas. Y para el Reino Unido, una crisis que se vuelve asunto de Estado. A principios de año, Theresa May, la ministra británica, anunció la creación de El Ministerio de la Soledad, un organismo que tendrá que lidiar con 9 millones de personas afectadas (13.7% de la población del país). 

Medir la soledad. Parecía una locura en 1978 cuando Daniel Russell y sus colegas de UCLA crearon un cuestionario de 20 preguntas para diagnosticarla. ¿Con qué frecuencia sientes que no tienes a nadie con quien hablar? ¿Cada cuándo percibes que a tus relaciones les falta significado? ¿Qué tan seguido te sientes hecho a un lado? En estos 40 años los índices de divorcio han aumentado, más personas eligen vivir solas, las redes sociales estimulan el aislamiento en una vida hiperconectada, y las ciudades crecen en población, pero bajan su sentido de comunidad.

La soledad enferma, y no sólo el corazón emocional, sino el físico: poco sueño, hipertensión, un sistema inmunológico agotado... la realidad cambia cuando nos sentimos solos, y el cuerpo también. En los últimos años, se ha descubierto que la soledad aumenta las probabilidades de muerte temprana en un 14%, lo mismo que fumar, y el doble que la obesidad. La soledad es un asunto de salud, y en Inglaterra, un asunto de Estado. 

La epidemia se esparce de a poco, un desánimo que se automedica con alimentos ricos en azúcar, la apatía con la compañía de las redes sociales, ansiedad con videojuegos, y es que el vacío que deja la falta de relaciones cercanas necesita llenarse con algo. Algunos lo llenan con muchas y muy cortas relaciones, otros con alcohol o con compras obsesivas.   

La soledad es subjetiva, por eso algunas personas, aunque estén aisladas no se sienten solas; y otras, rodeadas de amigos, de familia, de compañeros de trabajo viven en una profunda soledad. Es difícil describirla, pero los estudiosos dicen que es “la diferencia entre el deseo de conectarse con la gente, y las relaciones reales que una persona tiene”. 

Algunas personas se sienten solas porque viven aislados de los demás; otras, sienten soledad en el bullicio de las ciudades. Está la soledad del soltero, la que queda después de un divorcio, y la que puede sentirse viviendo en pareja. También siente soledad quien no coincide con los valores o las expectativas de su familia, o de sus tiempos, los que quedan fuera del ritmo de la vida. La soledad tiene distintos empaques.

Existe una soledad que muchos disfrutamos, yo la llamo “time out”, ratos en los que me aíslo de los demás para leer, descansar, escribir, o simplemente para estar, tiempos de solitud, esa condición física de la soledad. 

Estar sola, no ser sola. Un tiempo en el que soy mi propia compañía. Pero está la otra, la soledad emocional que llena de oscuridad el alma, la que duele y enferma. Ésa que añora encontrar “un alma como la mía”, para contarle muchas cosas secretas como canta Alma Mía, “un alma que al mirarme sin decir nada, me lo dijera todo con la mirada”. Ahí está la paradoja escondida en el romanticismo del bolero. Porque en las relaciones entre personas el otro no puede escanearnos con su mirada para entendernos sin que pasemos por la molestia de mostrarnos. Buscamos cercanía, pero nos alejamos de ella. 

Las relaciones humanas son enredosas, complicadas, a veces decimos lo que no queremos decir, a veces callamos lo que debiéramos haber dicho. Pero la tecnología de la comunicación evita estos problemas con la posibilidad de editar textos y retocar fotografías antes de enviarlas, aunque con ello desaprendamos cómo ser con los otros fuera de la realidad virtual. Si recitáramos los amigos de FB y los seguidores de Instagram y Twitter, y todos nuestros contactos, aún podríamos sentir que estamos solos. Y es que un mensaje de texto envía un abrazo, pero no es un abrazo, y Siri todavía no puede solucionar el problema de no ser escuchados. Los más vulnerables a contagiarse de la epidemia son los jóvenes (21 a 30 años), que reportan sentirse solos dos veces más que los adultos mayores (50 a 70) (Mental Health Foundation). La soledad de los ancianos viene de la falta de compañía; la de los jóvenes, de cercanía. 

La propuesta del Ministerio de la Soledad es entrenar las relaciones sociales desde la escuela, cómo ser buen amigo, por ejemplo; que los médicos hablen a sus pacientes de la soledad lo mismo que de dieta, sueño, ejercicio como parte de una vida saludable, proveer compañía a los ancianos y también aparatos auditivos. Así, aunque no encontremos un alma como la nuestra podríamos aprender a contarnos lo que necesitemos contar para no ser solos.

Twitter: @Lucy_dellaguno

lucy@humanae.mx



Volver arriba