Superciudadanos, no superhombres


Es una idea muy cierta, pero también vieja y olvidada, aquella de que la democracia no termina con la conclusión del periodo electoral. Independientemente de los resultados, de si ganaron o no nuestros candidatos y de lo que decidan hacer quienes encabecen los nuevos Congresos y administraciones; hay que recordar que la fuerza verdadera de cambio y mejoramiento social radica –en realidad– en cada uno de nosotros mismos.

Suena a frase trillada, pero es verdad hecha cliché. Lo oímos tanto que dejamos de escucharlo. Se ha abusado de la palabra "cambio" y su significado en la política se ha degenerado para ahora asociarse con las responsabilidades del que gobierna. En nuestro paradigma actual, "cambio" es lo que le corresponde hacer al candidato electo. Hacemos a éste, encargado del mejoramiento social, culpable de nuestros malestares (si continúan) y, además, le solemos querer transferir la totalidad de nuestros deberes ciudadanos. 

Quizá el problema está en que prometen tanto, que, en el discurso, a los votantes, nos ofrecen hasta hacer por nosotros el trabajo que como parte de la comunidad nos corresponde. Esta oferta ilusoria tiene un doble efecto: sitúa al candidato ante una imposibilidad y al electorado en el engaño. En nuestro sistema político los deberes cívicos que todos tenemos son intransferibles y sólo a cada uno corresponde cumplirlos con vehemencia. La opción cómoda y de despreocupación por las cosas comunes, es inviable e insostenible socialmente. Es, además, campo fértil para la violencia, el abuso de poder, el indebido ejercicio de la función pública y la fragmentación del tejido social.

De acuerdo con los estudios que elabora la organización Latinobarómetro, en México, las instituciones en las que menos confiamos son los partidos políticos y las instituciones de gobierno (con excepción de las Fuerzas Armadas). Considero, que para crezca ese nivel de confianza, las instituciones tienen que convertirse en entes más efectivos en la solución de problemas públicos. Pero, además, necesitamos una ciudadanía más activa, que se entere de la realidad de las cosas a través de su propia experiencia; no sólo mediante los escándalos noticiosos que se difunden en los medios de comunicación masiva.

Sin embargo, en un sistema como el nuestro, considero que el mejoramiento de nuestras instituciones puede lograrse en muy buena medida y hasta cierto punto depende de la vigilancia y seguimiento que los ciudadanos hagan de su trabajo. Numerosos entes de la sociedad civil organizada se dedican a hacer esta tarea, atendiendo áreas y temas de interés en específico. Desde los que velan a nivel internacional por la educación, salud, urbanismo, derechos humanos o el medioambiente; hasta la organización de vecinos de tu colonia o condominio que quiere un presupuesto participativo, y mantener los espacios limpios, seguros y funcionales.

Hoy en día ha quedado probado que las teorías políticas que desde la antigüedad han apostado el desarrollo y bienestar de las naciones solamente a la capacidad del gobernante, constituyen una ruta fallida en la consecución de aquellos objetivos. No funcionó con Platón y Dionisio hace más de 2,000 años; ni con Schmitt, Nietzsche y Hitler hace cien años. Las potencias del mundo podrán en varios puntos de su historia haberse fiado del talento y heroísmo de grandes líderes; pero en la actualidad cuidan su estabilidad con contrapesos, poderes acotados por la Constitución y una ciudadanía participativa.

Pienso que más que superhombres que nos gobiernen, necesitamos superciudadanos. Incluso, estimo, que un gobernante con una capacidad media, en un país con una participación ciudadana significativa, podría llevar a la nación a buen puerto. No anhelo la perfección de las autoridades, pero sí el perfeccionamiento de las funciones de gobierno. Tenemos el gobierno que nos merecemos porque en una democracia moderna, abierta y liberal, hay suficiente libertad para hacer depender del esfuerzo de cada uno de nosotros que quienes nos representen cumplan con su trabajo. Yo diría que la democracia, más que acabar con ir a votar, ahí, apenas comienza. 





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