Tigres, más allá del penal


Tigres ofreció demasiados atributos colectivos para pensar que ya tiene asegurada la serie Semifinal frente a un América raquítico debilitado por sus propias limitaciones.

Las diferencias de volumen de juego en el primer capítulo fueron enormes, y da la sensación que por alcance no se puede esperar que ocurra algo extraordinario en el Universitario, a menos que Tigres -no América- así lo decida.

Incluso, ni el polémico penal que jugó en favor del ganador es motivo de debate por encima del contexto. Sí es cierto que por ese error arbitral Tigres se trajo una ventaja prácticamente definitoria, pero sería una imprudencia medir el triunfo sólo por el desenlace de esa jugada.

Tigres demostró tener horma para encarar estas instancias, pero también más futbol, con todo y sus vacilaciones. Porque una cosa es especular con el resultado y otra, totalmente distinta, es intentar forzar un triunfo con destreza ofensiva y ambición sostenida.

Lo primero tiene que ver con las precauciones, y Tigres no las tuvo. Sí América que, refugiado en un plan conservador, se autocondenó al fracaso de cada una de sus aisladas intenciones.

América limitó su rango de acción porque vio a Tigres como mejor, y no como un rival al que debía superarlo con suficiencia colectiva. No asumir riesgos es igual a minimizarse a sí mismo.

El segundo punto tiene que ver con el sentido de superación. Tigres fue siempre al frente. Utilizó la intensidad como recurso invasivo y la presión alta como arma de defensa.

El compromiso y la ansiedad por anotar le generó confianza y fortaleció su empaque. Se sintió superior y actuó en consecuencia.

América fue todo lo opuesto. Rápidamente se dio cuenta que no tiene el peso específico para competirle a un adversario de mayor calidad. No dispuso de una estrategia clara. La línea de cinco de Miguel Herrera fue contraproducente. El pobre nivel de mucho de sus futbolistas se hizo eco en un planteamiento obsoleto, sin chispa y sin profundidad.

América se cuidó hasta de sus propios errores y, por lo mismo, su poder de reacción fue prácticamente nulo. Jugó desde un síntoma de inferioridad manifiesta. Perdió desde el enfoque.

Tigres, con el regreso de Valencia, con la categoría de Aquino y con la autonomía futbolística de los impredecibles Vargas y Gignac, sumado al equilibrio general que ha logrado en los últimos partidos, es más equipo que América y merece estar en la Final. Y no sólo porque en el Azteca lo hayan favorecido por un penal.


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