Un baile de máscaras


El servicio de televisión de paga norteamericano que se llama Netflix ha venido a revolucionar la manera en que nosotros, en todo el mundo, miramos la televisión. El principio por el que opera parece simple: uno puede ver las piezas de entretenimiento que ofrece a la hora en que uno quiere y por el tiempo que desee. Si desea interrumpir la transmisión por cualquier causa lo puede hacer, para reanudarla en el momento en que quiera. Si quiere ver una y otra vez la misma escena o el mismo capítulo, nada se lo impide.

Eso, que suena tan simple, es una transformación del régimen de poder con el que la televisión nació. El dueño de la emisora fue siempre el programador. Las películas, novelas, series, lo que fuera, pasaba al aire en el momento y el día en que el programador decidía.

Con Netflix el equilibrio del poder cambió. El telespectador se convirtió en el programador; esto quiere decir, prácticamente, casi en el dueño de la televisión.

El enorme éxito de Netflix estuvo basado, además de este principio de negocios en que los padrinos resultaron ser los novios, en un producto excepcional. House of Cards (si se quiere, Castillo de Naipes) fue un producto de excelente manufactura. Bien escrito, mejor producido y estupendamente actuado. Las primeras cinco temporadas de House of Cards fueron memorables, de manera particular la primera y la tercera. El personaje central de toda la saga, un político ambicioso que llega a la presidencia de Estados Unidos, es interpretado por el actor Kevin Spacey, de larga y exitosa trayectoria.

De pronto, otro actor joven saca a relucir que hace muchos años el señor Spacey le acosó sexualmente. Don Kevin le metió la palanca doble de la disculpa: no me acuerdo y estaba yo muy borracho. Aprovechando el viaje, confesó que aunque ha tenido experiencias sexuales lo mismo con hombres que con mujeres, se encuentra más a gusto como homosexual.

Netflix ha decidido no hacer más la serie; uno no sabe si el poco éxito de las últimas partes tuvo algo que ver con eso. Lo que debiera quedar claro es que las aficiones sexuales del actor no deben haber tenido ningún peso en la decisión. Que el desprestigio de Spacey debe ser por el acoso sexual a un adolescente y no por sus preferencias.

En estos tiempos en que Hollywood se encuentra entrampado en una serie de recuerdos súbitos de actrices ya no tan jóvenes que fueron acosadas y usadas sexualmente por productores, es conveniente de vez en cuando decir un “fuera máscaras”.

PILÓN.- Cuando el sarcasmo se apoya en una realidad que el subconsciente colectivo avala, aunque no sea una realidad probada, se convierte en una burla cruel; de broma pasa a agresión dolorosa. Y eso calienta. Al menos, debiera calentar.

Alberto Anaya es el usufructuario de una franquicia mercantil otorgada por el Estado mexicano que se llama Partido del Trabajo. Permanentemente hemos sabido que ni es partido ni trabaja, pero es un mantenido del gobierno (es decir, de nosotros). Las recientes revelaciones de que el gobierno del estado de Nuevo León entregó al señor Anaya y su señora esposa $100 millones de pesos para la operación de unos supuestos albergues infantiles tuvieron la cereza del pastel cuando se supo que esos millones fueron a parar a las cuentas privadas de la señora.

Y entonces viene lo bueno: dice el señor Anaya que los dineros entregados al Partido del Trabajo no son nada comparados con los que reciben los otros partidos.

Creo que tiene razón al quitarse, él también, la máscara.

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