Roberto Martínez HernándezMonterrey
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Un nuevo Monterrey inmobiliario


La ciudad de Monterrey está en camino a convertirse en una ciudad desarrollada. El horizonte regio se está transformando. Las montañas que lo delimitan se adornan de notables obras de infraestructura que reflejan el inicio de una nueva vocación metropolitana que seguramente adquiriremos, al desplazar a la industria como nuestra principal actividad productiva para convertirnos en una economía de conocimiento y de servicios. 

Nuestra anterior idea urbana del crecimiento está llegando a su límite por la notable insostenibilidad de su modelo. Los especialistas del desarrollo inmobiliario han puesto de relieve la inconveniencia de mantener la expansión de la mancha urbana como en los últimos años. Construir, como lo estábamos haciendo, tiene profundas implicaciones públicas. De entrada, un crecimiento horizontal tan agresivo es campo fértil para el caos vial, la contaminación del aire y pérdida de calidad de vida y de productividad por altos tiempos de traslado. 

En la zona metropolitana son palpables las externalidades de la visión de ciudad que entre todos hemos construido. Es más difícil gobernar en más kilómetros cuadrados. Cada nuevo polo de desarrollo requiere, por lo menos, de servicios primarios, seguridad y un transporte público organizado. Hay zonas viejas, abandonadas, en deterioro y desuso; que son focos de delincuencia. Se ha optado más por empezar de nuevo, que por renovar. Quizá por la conveniencia en el costo. Donde era monte, en breña, hay ahora colonias privadas. Este fenómeno limita la capacidad de inversión pública porque se incrementa el costo de la prestación de los servicios gubernamentales ante la necesidad de abarcar un área más grande. 

Hay zonas marginadas, atrapadas alrededor de colonias residenciales y desarrollos de primer mundo. Existe una carencia notable en infraestructura peatonal y nuestro transporte público está para llorar. Además de encontrarse completamente cooptado por intereses sindicales y políticos afines al PRI. La Agencia Estatal de Transporte prefiere navegar a la segura, manteniendo en balance ese coto de poder; y ni siquiera busca con creatividad nuevas alternativas para renovarlo y dinamizarlo. Es inaceptable aspirar a ser una ciudad ejemplar con una infraestructura de movilidad colectiva tan precaria.

El elevado costo de la tierra en los corazones de la ciudad, debido a un boom comercial, produjo que las nuevas familias buscaran opciones de vivienda en las periferias. El problema, está en que construimos una ciudad para el automóvil. Esas personas jóvenes sufren el tráfico en sus desplazamientos diarios. Padecen de tres a cuatro horas en el carro, que bien pudieran invertir en ejercitarse, convivir con su familia o simplemente descansar, si vivieran cerca de sus lugares de trabajo. En las ciudades más desarrolladas del mundo se fomenta el incremento en la densidad de población por kilómetro cuadrado, para reducir el costo del transporte público, de los servicios primarios, el tráfico y la contaminación. 

En el nuevo Monterrey, la autoridad debe de abanderar con inversión la regeneración de los espacios ya existentes. El futuro sostenible está en el crecimiento vertical. Los gobiernos deben de empezar desde ya las adecuaciones en infraestructura para que éste suceda de forma adecuada. Queremos una ciudad donde, en la medida de lo posible, la gente estudie, viva y trabaje cerca. Ya existe el inicio de esta nueva tendencia en la zona de Valle Poniente de Santa Catarina; en Valle Oriente; y, próximamente, en el Centro de Monterrey. 

En el municipio de San Pedro, están apareciendo espacios de primer mundo como los que se encuentran en Av. Roble, la Av. Ricardo Margáin hacia el sur, y San Agustín cerca de Lázaro Cárdenas. Sabemos que la organización del transporte compete al gobierno del estado. Es una pena que prácticamente no exista ninguna opción más atractiva que el automóvil para trasladarnos de un punto a otro. En la oferta de movilidad necesitamos una disrupción que se produzca por sectores. Queremos que, poco a poco, aparezcan alternativas mejores y más baratas.  

La conclusión más evidente del diagnóstico que hago de nuestra ciudad es que necesitamos empezar a vivir diferente. Estoy seguro de que, a la larga, le vamos a ganar la partida al tráfico, a la contaminación y a la pérdida en calidad de vida de la que todos en Monterrey estamos siendo objeto. Se necesita de mucha voluntad política, pero también de empresarios socialmente responsables que trabajen hombro con hombro con la administración pública. La nueva legislatura local debe de impulsar la creación obligatoria de consejos ciudadanos de Desarrollo Urbano en todos los municipios del estado. Necesitan existir mesas de diálogo y de intercambio de ideas, en las cuales representantes del gremio de los desarrolladores puedan sentarse periódicamente con funcionarios de primer nivel para potencializar la dimensión social positiva, la plusvalía y el embellecimiento de nuestra ciudad. Ojalá todos hagamos la parte que nos toca. 


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