Un problema de altura


Cuando existen ciertos tipos de irregularidades o violaciones a leyes o reglamentaciones oficiales significa que siempre habrá dos tipos de protagonistas: los que incurren en las mismas y los que lo permiten. No hay vuelta de hoja.

Si existieran reglamentos severos, inquebrantables, y los encargados de hacerlos respetar fuesen incorruptibles, otra cosa sería.

Cada ciudad, ya no digamos una metrópoli como la de Monterrey, soporta un crecimiento inusual en muchos sentidos y el desarrollo trae consigo una problemática en rubros como contaminación, congestionamientos viales, construcciones irregulares, inseguridad, acumulamiento de basura, vivienda y proliferación de comercio informal, por mencionar algunos.

Si la contaminación ambiental es una de las más complejas, la contaminación visual no se queda atrás. No se trata sólo de lo mal que se ve la ciudad, sino los conflictos de inseguridad que provocan esos panorámicos.

Y mientras no existe un control estricto, la proliferación de esos espectaculares continuará siendo un problema de altura en la ciudad.

Mientras los cabildos de los municipios y los señores diputados no legislen para endurecer  los reglamentos, la autoridad  seguirá siendo omisa en ese sentido como hasta ahora.

El tema de la seguridad no es un asunto menor. Nadie va a supervisar que las bases tengan los pernos del calibre adecuado que los fijan al piso o las estructuras metálicas cuenten con los cordones de soldadura precisos para evitar un percance fatal.

Y no estamos hablando de lo que podría perderse en lo material, sino de las vidas de automovilistas, transeúntes, vecinos, autos y casas en riesgo ante el potencial desplome de una estructura de ese peso y  dimensiones.

Numerosas empresas que rentan estos espacios en la vía pública se pasan de listas. Engañan a las autoridades municipales con pólizas de seguros falsos, o en el mejor de los casos, las tienen, pero no las pagan, o de plano, están vencidas.

Desde hace un tiempo las irregularidades de este tipo se han convertido en un fenómeno común y a la vez ignorado y peligroso. 

Es una práctica mañosa en la cual la irresponsabilidad abraza a todos: a quienes deben supervisar, a los dueños del anuncio y a los ciudadanos que permiten que sus terrenos o casas sean utilizadas como base para la instalación de los panorámicos. 

Para muchos vecinos sugiere ser un ingreso extra, porque las empresas les convencen fácilmente sobre los beneficios económicos, pero nadie mide las posibles consecuencias de la bomba de tiempo que tienen sobre sus cabezas.

 "A mí me dan una ´feria´ mensual por tener este cartel aquí, en mi propiedad, pero no tengo idea sobre si esto debe estar asegurado o no. Por ahora, no se ve que se vaya a caer", dice con total naturalidad a este Vigía un vecino que tiene su domicilio en la zona sur de Monterrey, sobre la avenida Garza Sada. 

El problema en realidad es ese, el dinero nubla la vista y se subestiman los posibles daños a terceros. 

Para tener una idea, en el municipio de Monterrey el reglamento data del siglo pasado: 1995. Es una ley que si bien se le ha hecho modificaciones requiere actualizarse, a la par del desarrollo que ha experimentado la capital.

Es indudable que las fallas asoman por todos lados. Falta un mayor compromiso e inspección municipal, pero sobre todo falta mucha más responsabilidad y seguridad. Es probable que, como ocurre con otros hechos irresponsables que se minimizan en la ciudad, hasta que no suceda una tragedia con los panorámicos, no se hará algo al respecto.

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