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¡Es un perdedor! ¡Eres un perdedor! Entre todos los insultos hirientes que sin pensarlo mencionamos, éste en particular es quizás el más hiriente y dañino. Debe estar prohibido en nuestro discurso público y estar fuera de nuestro vocabulario.

Hoy en día hemos recorrido un largo camino respecto a prohibir cierto lenguaje en nuestro discurso público. La mayoría de los términos que proscribimos tienen que ver con frases peyorativas que se refieren a la raza, el género o la discapacidad de alguien. Categóricamente, prohibirlas en nuestro idioma debía haber sucedido ya hace mucho tiempo y no se puede descartar como una simple cuestión de decoro político. Es una cuestión de educación, simple y sencillamente, de justicia, de caridad, de decencia humana fundamental. El lenguaje es una economía que a menudo también es injusta. Éste arbitrariamente afirma a algunos y calumnia indebidamente a otros. Debemos ser cuidadosos con eso. El lenguaje puede dejar cicatrices profundas en los demás, aún cuando nos mantiene inconscientemente encerrados dentro de estereotipos negativos que dejan a nuestras mentes y corazones coloreados por el racismo, el fanatismo y la misoginia. 

No obstante, los insultos raciales, de género y de discapacidad no son los únicos insultos que devastan, hieren y lesionan a otros. Terribles como son, los insultados por ellos tienen el consuelo de saber que el insulto está dirigido a millones (o, en el caso del género, a miles de millones) de otros. ¡Hay consuelo en los números! Ser avergonzado junto con millones o miles de millones de personas todavía duele, mas estás en buena compañía.

Sin embargo, hay calumnias, insultos, que son más brutalmente singulares y más cruelmente personales, que apuntan a avergonzar las deficiencias particulares de uno. Con tal insulto ya no estás en buena compañía, ahora eres unanimidad menos uno. El término "perdedor" es un insulto. Su objetivo es avergonzar a una persona de una manera muy singular e hiriente. Cuando te llaman "perdedor", no te discriminan y te avergüenzan porque perteneces a un determinado grupo, a una raza, a un género o a una clase de personas. Te avergüenzas porque, tú, sólo tú, singularmente, personalmente –se juzga que no estás a la altura, que no eres digno de respeto y que no eres digno de una completa aceptación. Eres juzgado como inferior con una inferioridad de la que no se puede culpar a nadie excepto a ti mismo. ¡Te consideran un perdedor! ¡Y estás solo en eso!

Este tipo de vergüenza no es nuevo. Siempre ha sido así. Ciertas personas siempre han sido rechazadas, avergonzadas y condenadas al ostracismo. Tenemos este curioso defecto humano que, a menos que se aborde, nos hace creer que para que seamos felices no es suficiente que seamos aceptados, alguien más tiene que ser excluido.

En tiempos bíblicos, las personas que tenían lepra eran excluidas de la sociedad, condenadas a vivir en regiones fuera de la vida normal, y gritaban "impuro" cada vez que alguien se les acercaba. Mas tenían razones legítimas para ubicar a estas personas fuera del círculo de la vida normal. La lepra tenía el peligro de contagio. Hoy, sin ningún tipo de legitimidad, aún estamos designando a ciertas personas como "leprosos", como incapaces de florecer dentro de los círculos de la vida normal. Los clasificamos como "perdedores" y los condenamos a los márgenes. Ellos son los nuevos leprosos.

Ejemplos de esto abundan, aunque tal vez lo veamos de manera más simplista en nuestras escuelas secundarias, donde siempre hay un grupo popular, un grupo "admirado" que dicta el ánimo, decide lo que es aceptable y mantiene el eje de la comunidad, aun cuando ellos no constituyen su mayoría. La mayoría de los estudiantes están fuera de ese muy exclusivo círculo íntimo de popularidad, en los márgenes de éste, intentando una completa aceptación, no están completamente "adentro" y no están totalmente "afuera". Sin embargo, siempre hay otro grupo, los que se ven como "perdedores", que no están a la altura, que no son dignos de un estatus completo ni de reconocimiento. Este grupo no tiene permiso para pertenecer por completo. Cada círculo humano tiene esa categoría de personas.

Hay una gran cantidad de razones complejas, muchas relacionadas con la salud mental, que pueden ayudar a explicar el porqué, algunas veces, trágicamente, un niño de escuela secundaria toma un arma, entra a su escuela y dispara a sus compañeros de clase. Aunque es difícil no darse cuenta de que, casi siempre, es un joven que ha sido considerado un "solitario", un perdedor. No podemos culpar a sus compañeros inmediatos y a sus compañeros de clase por considerarlo así, por consciente o inconscientemente que esto se haga. Sus compañeros de clase son víctimas, no sólo de la enfermedad y la ira de este joven, sino también de una sociedad que ciegamente ayuda a producir este tipo de enfermedad y furia.

No soy padre de familia, mas si lo fuera, trataría con todos los poderes morales que posea como padre que mis hijos purgaran su vocabulario de insultos raciales, de género y discapacidad. Además, yo también usaría todo el poder moral y persuasivo que tuviera para que purguen su vocabulario de palabras peyorativas que avergüenzan a alguien más en su singularidad. La palabra "perdedor" estaría prohibida en la casa.

Tanto la sociedad como la Iglesia son casas. Gracias a Dios, en las últimas décadas hemos prohibido el uso de palabras que menosprecien a otra persona en función de su raza, género o discapacidad. ¡Es hora de prohibir algunas otras calumnias dentro de la casa!


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