Una de perros


En tiempos que se pierden en la historia, el perro se convirtió en el mejor amigo del hombre y, esta larga amistad, ha sido tan intensa que ha dejado profundas huellas en el lenguaje. Algunas siguen a la vista, pero otras ya han sido desvanecidas por el polvo del tiempo.

Al perro lo reconocemos por su tenacidad y bravura; por eso, “ser un perro” es ser tenaz y apasionado en la defensa de alguna causa o de alguna cosa. Aunque, hay que decirlo, esto solo aplica si el aludido es de género masculino porque, decirle a una fémina que “es una perra”, tiene un sentido muy diferente, es tacharla de ser una mujer de la mala vida. Un rasgo más del sexismo que se refleja en el lenguaje.

Aquí nos llega el recuerdo de aquel presidente que, ante todo el país, prometió defender nuestra moneda como un perro. Por la sarta de devaluaciones que vinieron después, aprendimos que “no todo lo que ladra, es perro” (paremiología personal).

Por esas ambigüedades propias del lenguaje, “ser un perro” también se ha usado a través del tiempo con tintes despectivos. Como ejemplo antiguo, podemos mencionar una de las acepciones que para la palabra daba el Diccionario de Autoridades de 1737: “Perro: Metafóricamente se da este nombre por ignominia, afrenta y desprecio, especialmente a los Moros y Judíos”.

Cuando alguien no aprovecha algo y además no deja que otro lo aproveche, se dice que es como “el perro del hortelano” y a veces se añade: que ni come, ni deja comer. Algunos piensan que este dicho procede de una famosa obra de Lope de Vega (1562-1635), que justo lleva ese nombre, El Perro del Hortelano. En realidad, este autor tomó el título de un decir muy antiguo; lo demuestra así un texto que es anterior a su nacimiento. En 1528, de la pluma de Juan Justiniano salieron estas letras: “... porque de otra manera ni tú vivirás, ni dejarás vivir a tu marido, hecha perro del hortelano”. Gonzalo Correas, en 1617, con su característica ortografía documentó lo que muy probablemente fue el dicho original: “El perro del ortelano, ke ni kome las verzas (coles) ni las dexa komer al estraño”.

En la España medieval abundaron refranes que involucraron a los perros. Algunos los seguimos usando con ligeras variantes. Por ejemplo: “Perro ladrador, nunka buen mordedor”, “A otro perro kon ese gueso, ke éste ia está rroído ”, “El dinero haze bailar al perro”.

Otros dichos ya han desaparecido pero vale la pena saber de ellos: “A karne de lobo, diente de perro”, “Al primero muerde el perro”, “Ansí os podéis kedar komo el perro de Ézixa, ke mirando la luna se sekó pensando ke era manteka”, “Amor de rramera, halago de perro, amistad de fraile, konbite de mesonero, no puede ser ke no te kueste dinero”.

También hay que decir que los perros, a través de los siglos, han surtido de mordidas al género humano (Si esos son los amigos…). Esto ha sido causa de temor en muchas personas ante estos animales. Me cuenta una tía que su abuelita –mi bisabuela– le tenía pavor a los perros. Por eso, al estar frente a uno, para sentirse protegida recurría a este conjuro: “Perro en ti, Dios en mí, la sangre de Cristo nos favorezca de ti”. Según mi tía, le funcionó muy bien porque nunca se supo que la mordiera un perro. Yo por las dudas no me confío, sobre todo porque los perros de estos tiempos ya no son tan creyentes.

En fin, el perro ha sabido hacerse presente en las distintas facetas humanas y el humor no es la excepción. Aquí recuerdo a un amigo que, al dar sus impresiones acerca de un viaje a las Vegas dijo: “Mira... te sientes como perro de carnicero. Todo el día viendo carne y en la noche... cenas pellejo”. Yo no le entendí y, por su bien, espero que su esposa tampoco.

cayoelveinte@hotmail.com

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