Una historia de año viejo


Debemos ver a la diversidad como una gran oportunidad, en lugar de como una amenaza.

FIN DE AÑO EN MONTERREY

• Era la segunda vez que teníamos la oportunidad de vivir la experiencia. Hace unos años, alrededor de cinco, descubrimos una forma festiva e intensa de celebrar el paso del tiempo en la fiesta de fin de año. Entonces, la grata sorpresa de entrar en el entorno familiar, lleno de tradiciones y de historia de aquel entrañable grupo de personas de generaciones y de orígenes diferentes se fue metiendo en el corazón y luego en la memoria de los que fuimos invitados.

• Esta vez no fue distinto, lo único diferente era acaso el resultado de la experiencia de celebrar cinco años más de la misma fiesta, de ensayar los mismos rituales y perfeccionar las recetas tradicionales, lo que trajo mejores resultados en cada detalle.

• Aquella noche del recién pasado 2015 la energía fluía llevada por el entusiasmo de compartir y de celebrar. Los vinos y las bebidas matizaban las emociones, los olores de la cocina llenaban la atmósfera despertando la curiosidad y el apetito de los comensales, que esperaban que las actividades de la noche fueran desarrollándose para luego probar aquel menú variado y especialmente preparado por cada familia que ahí se había reunido; había platillos propios de la época, camarones en una salsa increíble, pasta, relleno de pavo y pierna de cerdo; la estrella de aquella mesa era sin duda el bacalao, costumbre del centro de la República y que en esta ocasión, como cada año, venía de allá, encerrando toda su tradición, sus aromas y sus sabores, ¿cómo describirlo? Habían pasado al menos cinco años para poder volver a probarlo.

• Los parabienes y las anécdotas llenaban el ambiente. Las fotografías por grupos familiares al lado del muñeco que representaba el tiempo pasado, el año viejo –personificando a un individuo célebre por sus errores–, que sentado en la sala posaba sin mostrar su relleno de pirotecnia que en punto de las 12 y tras una procesión con cantos tradicionales y luces de bengala, sería encendido en el parque de la colonia, ante la mirada atenta de vecinos y curiosos que se daban cita ahí, como cada año. Una costumbre que, según entiendo, proviene del estado de Veracruz y que se ha repetido en el seno de la familia por más de 40 años.

• Era imposible no terminar la noche con el corazón colmado y con la energía al tope. Aquella noche confluyeron personas, costumbres, tradiciones, habilidades, desconocidos y voluntades, en torno a una celebración periódica que ha construido una tradición transmitida plenamente a las generaciones más jóvenes. El resultado final de la ocasión fue simplemente perfecto, predisponiendo la siguiente versión que esperará para reunir a aquellas familias 360 y algunos días más.


DIVERSIDAD


• En los últimos meses he notado la presencia de personas de otros países que transitan las calles, recorren los centros comerciales, los centros de entretenimiento y los restaurantes de nuestra ciudad. Una urbe llena de tradiciones y regularmente cordial con sus visitantes, aunque peculiarmente cerrada en sus círculos más íntimos y en sus costumbres.

• Las noticias han dado sentido a estas percepciones. Nuestra ciudad ha recibido miles de nuevos habitantes provenientes de otras naciones, gracias a la incursión de empresas extranjeras. Ese fenómeno es más común en lugares como la Ciudad de México o como las grandes capitales del mundo, en donde la diversidad sigue luchando por tomar su lugar en el progreso de la humanidad. En nuestra ciudad se escuchan voces que se manifiestan en contra de la llegada de los extranjeros, argumentando fallas en las negociaciones para que las empresas se instalen en Nuevo León, desventajas y afectaciones a la economía y a las oportunidades de la base laboral de los que aquí estaban antes.

• Pero ¿qué de malo hay en que un jefe de familia proponga emigrar a otras tierras para crecer? Las fronteras se han creado como una forma de gestión y de organización económica, pero la frontera del planeta es una sola y todos tenemos derecho a habitar dentro de sus límites, y ahora tal vez fuera de ellos.

• Ensayar la cordialidad, abrir los brazos al prójimo, sólo puede traer buenos resultados, iniciando por cada persona y afectando positivamente a la cultura y a las empresas y naciones implicadas. Abrazar la diversidad es parte del cambio que inició hace años para no detenerse nunca, cuando las fronteras empezaron a ceder para que el progreso y la cooperación internacional –en lo económico, en lo tecnológico y en lo político– produzcan una luz que apunte a un nuevo horizonte.

• Salgamos de la zona de confort en la que estamos y busquemos el progreso entendiendo y aceptando la diversidad que, con las voluntades alineadas, nos traerá resultados enriquecedores y positivos.

• Los seres humanos somos buenos en esencia, podemos trabajar, convivir en torno a un objetivo común, a pesar de la diversidad, siendo prósperos y felices; aquella noche del 31 de diciembre lo volví a comprobar. Gracias a don César y a doña Elisa, anfitriones magníficos que viven su cordialidad y congregan con apertura y cariño sincero a los demás, compartiendo lo que son y lo que tienen sin limitaciones. Que este sea un año lleno de bendiciones y que disfrute del milagro de estar vivo, lo demás viene por añadidura.

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