Una pizca de sal


"Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se ha vuelto insípida, ¿con qué se hará salada otra vez? Ya para nada sirve, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres". Esta cita bíblica la encontramos en Mateo 5:13 y más allá de su significado teológico, nos muestra el antiguo aprecio que la humanidad ha tenido por la sal.

Ahora que sabemos de las cargas eléctricas que fluyen dentro de nuestro ser, y que de eso depende nuestro buen funcionamiento, podemos entender que nuestro cerebro nos reclame una dosis de sal, que disuelto es un estupendo electrolito. Pero ni tanta cera que queme al santo ni tan poca que no lo alumbre, hay que mediarle el agua a los camotes.

Lo cierto es que ha sido difícil a los hombres resignarse a la ausencia de la sal. De ahí que, este polvo blanco, químicamente llamado cloruro de sodio, llegara a adquirir un gran valor en el pasado; tan así fue que a la retribución por nuestro trabajo aún hoy la llamamos "salario", una huella del "salarium" latino que en origen fue, para los romanos, la sal que en recompensa por su trabajo se daba a los esclavos, quienes la usaban y si algo les sobraba, la vendían, haciéndose así de un dinerito.

La sal no sólo ha sazonado nuestras comidas, lo ha hecho también con nuestro lenguaje y de esto abundan huellas. De un refranero español escrito por Pedro Vallés en 1549, rescaté algunas de ellas que hablan de su valía: "Olla sin sal, no es manjar, al gato se puede dar", "Al villano, dadle el güevo i pedirá la sal", "Azeite, hierro y sal, mercaduría real", "Sobre Dios no ai señor, ni sobre la sal ai sabor".

En su " Vocabulario de refranes", 1627, Gonzalo Correas nos cuenta que hubo la creencia de que comer mucha sal, alargaba la vida. Así, con esta ortografía, lo escribió: «El ke vive muchos años gasta i kome mucha sal; i dezir ke uno "á komido mucha sal" es dezir ke á llegado a viexo; i para dezir ke uno viva poko, dizen: "Poka sal tú gastes"».

Pero, después nos entera de que ya no estaban tan seguros de que esto fuera cierto y escribió: «El vulgo, olvidado desta rrazón, piensa ke el komer sal envexeze, i el otro estudiante filósofo kiere dar rrazón natural, i dize ke la sal es adustiva i seka el umor, i ansí se arrugan i envexezen los ke komen mucha sal; mas es porke la komen muchos años. Si dixera ke muchachas enferman i mueren de komer sal sólo a eskondidas, es verdad; mas no llegan a viexas; ni de komer trigo o barro"».

Los "seines", una palabra misteriosa: en una ocasión, hablando de este salado tema con el profesor Silvino Jaramillo, que en paz descanse, me contó que en su infancia allá en Valle de Bravo, era costumbre ir a "los seines". Así llamaban al trueque de sal por verduras, que los pueblerinos hacían con los indígenas que, para este propósito, llegaban al pueblo. ¿De dónde salió la palabra "seines"? Todo un misterio que me dejó de herencia.

Lo más que puedo decir ahora, es que, tal vez el origen esté en tierras de Galicia, en España. En el habla de los gallegos, "saiñas" son las salinas o factorías de extracción del valioso «oro blanco». Es muy lógico pensar que, "saiñas", también sería el lugar donde se consigue la sal. Esta voz pudo ser aprendida por los indígenas mexicanos, que con un ligero cambio fonético la convertirían en "seines", ´lugar en donde se consigue la sal´.

¡Uf! Aún queda mucha sal y este artículo ya está muy salado. Como no es mi intención "sekarles el umor". Buscaremos otra ocasión para darle otra sacudidita al salero.


Volver arriba