Vacío, depresión y salud mental


En días recientes, este periódico ha difundido la creciente problemática que vivimos en la entidad con la falta de atención adecuada a los problemas de salud mental. De entre ellos, trascendió que del 2014 al 2016 aumentaron en 297% los pacientes detectados con depresión. Es decir, pasamos de 810 a 3,218 casos. Hay muchos otros no diagnosticados, y se estima que el 3% de la población adulta en Nuevo León tiene depresión leve, moderada o severa. 

Parece contradictorio, que en una época y en un mundo en el que hemos inventado miles de distracciones, pasatiempos y comodidades, haya un crecimiento exponencial de quienes sienten sus vidas tan vacías y carentes de sentido, al grado de que necesiten atención médica-psiquiátrica. Este fenómeno confirma dos cosas: que al margen de una realidad con acceso a todo este tipo de excentricidades, existen otras que viven en un entorno desagradable de injusticia inmerecida (cosa que ya sabemos, pero se nos olvida); y que, además, el sentido de plenitud interior no se encuentra invirtiendo en cúmulos de experiencias y bienes materiales.

Por una parte, en un plano más personal, se han detectado como causas de esta depresión el consumo de drogas, la pobreza y la violencia familiar; y, por otra, ligadas al ámbito laboral, la falta de oportunidades de desarrollo personal y la alta exigencia en el trabajo. La depresión –estimo–  al ser un fenómeno individual, es, más que un destino circunstancial, el resultado de la forma en que internalizamos nuestro contexto, que a todos nos sacude constantemente; aunque para algunos estos golpes sean más frecuentes y más duros, y quizá haya a quienes éstos puedan desestabilizarlos más.

Sin ser experto en psiquiatría, consciente de que no existen recetas universales para atender esta enfermedad o prevenirla y, por ende, sabiendo las limitaciones de mi propuesta; observo y vivo que involucrarse en los problemas de la comunidad con el sólo interés de ayudar, abanderar causas sociales y abogar por el otro (más allá de lo legal, de forma solidaria, creando valor agregado) son medidas que suponen una excelente fórmula para llenar con numerosos propósitos de vida el irremediable vacío al que se somete la voluntad de la persona que se deprime. 

Apostaría una buena cantidad de dinero a que, a este propósito, la participación ciudadana sería una terapia formidable. Cualquiera que se envuelva en un problema común y compartido por todos, inmediatamente se siente parte de cosas grandes. A través de la participación ciudadana y la solidaridad logramos salir de nosotros mismos. Hay poco margen para huecos y vacíos: se sustituye nuestro enfoque dejando de pensar en nuestra desesperanzadora realidad, para ocuparnos en llevar esperanza a las dificultades de los demás. Esto último siempre resultará más fácil, puesto que tendemos a sobredimensionar nuestros problemas y a simplificar los ajenos.

Esta semana, tuve la oportunidad de escuchar a Alfonso González, director general de Qualfon; quien ha logrado construir desde cero una empresa de servicios rentable a nivel global poniendo el bienestar integral de la persona al centro de la operación del negocio. 

Quienes trabajamos en esta industria, sabemos que en general, en los servicios, a mayor cantidad de horas-hombre, mayor utilidad. Que invertir en el desarrollo personal de sus 12,000 empleados y asignarles cargas de trabajo razonables, le haya permitido ventajas de mercado al grado de atender como clientes a Google, Amazon, Bank of America y Visa, revela que puede encontrarse una correlación entre el bienestar de la persona y su desempeño laboral; que es tan suficientemente rentable como el provecho económico que se obtiene a través de una sobreexplotación del capital humano. El testimonio es muy esperanzador. 

En enero del año 2015, Monterrey fue catalogada como una de las ciudades más felices del mundo. No dejemos que se revierta esta tendencia equivocándonos en ser poco sensibles y en hacer depender nuestro bienestar, de nuestra comodidad. Una pérdida de aprecio y valor de la vida del otro, que no es exclusiva de nuestra ciudad, ha convertido a la Sultana del Norte en el escenario de numerosas y muy lamentables tragedias. Es de conocimiento común que nuestras políticas públicas son insuficientes para erradicar los fenómenos sociales ligados a los casos de depresión, sobre todo batallan nuestros gobiernos para atender en los demás los problemas más personales. No nos quedemos mirando vidas vacías desde el sillón. La consecuencia es sufrir pronto el mismo destino.






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