Vamos por la reconciliación


El proceso electoral termina mañana con la votación. Para saber el resultado habrá exit poll, conteos rápidos y el programa de resultados preliminares (Prep); estas mediciones mostrarán antes del resultado final, las posiciones en que quedan los presidenciables.

A partir del lunes inicia la etapa postelectoral, donde los abogados se convierten en magos capaces de poner o quitar ganadores a un cargo de elección popular.

Pero todo esto es lo menos importante a partir del 2 de julio. Necesitamos entender que la democracia se alimenta de la pluralidad que suma, de la diversidad de visiones sobre una misma sociedad, no de la confrontación ni de la polarización.

La democracia permite que los diferentes cohabitemos en libertad, sin menoscabo de las diferencias de minorías frente a las mayorías; permite que los desiguales seamos iguales al momento de opinar, debatir y decidir.

Estas libertades deben entenderse como parte de la confrontación electoral, desgraciadamente llevamos al terreno de la vida personal e íntima las decisiones de la vida pública, como lo es elegir a un gobernante.

La elección abandonó el terreno de las divergencias ideológicas, programáticas o coyunturales para convertirse en una decisión de votar a favor o contra AMLO.

Siendo el epicentro de la campaña, es lógico que sus rivales le hicieron más grande, pero este factor llevó a la polarización, a los ataques por pensar de una u otra forma, por ser "chairo propeje" o "neochairo antipeje".

El proceso electoral termina. Falta la reconciliación entre personas, amigos, familiares, compañeros de trabajo, a quienes se les ofendió por pensar diferente y no permitir que tus ideas se impusieran en su libertad de decisión.

Uno de los tantos diccionarios en la web define la palabra reconciliación como la "acción de volver a la concordia, de atraer y acordar los ánimos desunidos".

Decidir el futuro de los próximos seis años no es algo menor, pero tampoco motivo para destruir relaciones que tienen presente y tendrían futuro.

Es impostergable volver a la concordia, acordar con quienes nos distanciamos y reconstruir relaciones, esto es básico si queremos reconstruir a México sea quien resulte el próximo Presidente.

Los mexicanos somos una sociedad polarizada, confrontada y eso no abona a la estabilidad que requiere el país para recuperar la gobernabilidad, el rumbo del desarrollo económico y la equidad social.

Quien resulte Presidente el domingo por la noche lo será con la mitad o más de los mexicanos en contra, un alto número de personas dispuestas a creer que se equivocó la otra mitad de electores, con el enojo por considerar que fueron tontos, ciegos, crédulos o zombis sin criterio ni entendimiento.

Ponga usted el nombre que quiera al próximo Presidente y verá que hay más de 40 millones de ciudadanos con derecho al voto quienes piensan de su personaje las mismas adjetivaciones que usted opina del de ellos.

Arreglar México empieza por ciudadanos equilibrados, libres, independientes, capaces de reconocer en la democracia un sistema de mayorías con inclusión de las minorías, un sistema donde la voluntad popular se expresa y decide, aunque se equivoque, pues siempre tendrá la posibilidad de enmendar.

Lo que no se debe hacer en una democracia es pretender silenciar al diferente por alguna preferencia ideológica, política, social, religiosa o sexual, entre otras.

La reconciliación es el primer paso para salir del bache en que se encuentra el país, nos queda ver hacia adelante, fortalecer las instituciones democráticas, políticas y de gobierno.

Debemos entender que el elegido puede o no ser por el cual nosotros votamos, pero ahí está. Como ciudadano, aceptar las reglas democráticas del contrato social vigente y someter la voluntad a la voluntad de las mayorías en el marco de la legalidad.

Bienvenido el Presidente electo porque lo necesitamos fuerte ante los embates de la delincuencia, los poderes fácticos, las presiones económicas y el posible recrudecimiento de las hostilidades del presidente más poderoso del mundo.


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