Viacrucis de palabras


“¡Cantar del pueblo andaluz, que todas las primaveras anda pidiendo escaleras para subir a la cruz!”. Con estos versos, Antonio Machado describió la aflicción popular que despierta la cadañal evocación de la pasión de Jesús. Sucede desde hace tantos siglos y es tan impactante el relato, que por fuerza ha dejado huellas profundas en el lenguaje.

Llamamos “El beso de Judas” al fingido afecto de alguien que espera sacar ventaja en perjuicio de la persona adulada. La frase recuerda el episodio en el que Judas besó a Jesús para señalarlo y que así fuera hecho prisionero por los guardias judíos. Por eso también “Ser un Judas” vale por “Ser un traidor”.

A veces pensamos que si hubiéramos actuado de modo distinto, otra sería nuestra suerte, pero mejor decimos: “Otro gallo nos cantara”. Expresión que quedó del pasaje en el que Pedro asegura su fidelidad a Jesús y éste le contesta: “Yo te aseguro que antes de que el gallo cante dos veces, tú me negarás tres”. En efecto, así fue y como dicen unos versos populares: “Si San Pedro no negara / a Cristo, como negó, / otro gallo le cantara / mejor que el que le cantó”.

“Andar de Herodes a Pilatos”, decimos cuando el vértigo de la vida nos trae del tingo al tango. La frase hace alusión a la negativa del prefecto romano Poncio Pilatos de juzgar a Jesús y, para evitarse problemas, lo envió con el rey judío Herodes Agripa (nieto del Herodes infanticida), pero este tampoco quiso agarrar el paquete y lo regresó a Pilatos. De ese ir y venir de Jesús, de Herodes a Pilato, quedó la frase aludida.

En un último intento, Pilatos dejó la elección a los judíos de liberar a Jesús o a Barrabás, que era un peligroso rebelde. Pero no le salió la jugada y la muchedumbre pidió la libertad de Barrabás, sellando así la trágica suerte de Jesús. Ante esto, Pilatos se lavó las manos y esta acción se convirtió en frase coloquial que se usa cuando queremos decir que no tenemos culpa en la realización de un acto innoble. De este episodio también quedó la palabra barrabasada, para referirse a acciones burdas y perjudiciales, como las que se supone haría Barrabás.

Lo que siguió fue la sentencia: Jesús fue condenado a morir crucificado. Tras ser flagelado, cargó su cruz e inició el “vía crucis” (camino a la cruz). Ahora, cuando sufrimos para hacer algún trámite burocrático, solemos decir que aquello fue un viacrucis. O también de esas cosas que nos provocan sufrimiento decimos que son un calvario, porque así llamaban al monte en el que se efectuaban las crucifixiones.

Aunque no es bíblico, evangelios apócrifos cuentan de una mujer que, en el camino a la crucifixión, se apiadó de Jesús y con un paño limpió su cara de sudor y sangre. Milagrosamente su rostro se imprimió en la tela y, según una leyenda, a esta reliquia se la llamaría “vera icon” (imagen verdadera, no hecha manualmente). De ahí resultaría el nombre Verónica que se convirtió también en nombre de mujer. Además, lleva ese nombre una suerte del toreo en la que el torero embarra la capa en la cara del toro.

Entre los personajes que acompañaron a Cristo en este doloroso trance, destaca la Magdalena, mujer que, según algunas interpretaciones, fue la adúltera salvada por Jesús de ser lapidada. El caso es que, de su imaginado llanto por tan penoso suceso, ha quedado la frase “Llorar como una magdalena”, para referirse a personas que por alguna circunstancia lloran con intensidad.

Las huellas del flagelo, las heridas de las espinas, los golpes y lanzadas que recibió Jesús, nos hacen imaginar su cuerpo en extremo lastimado. Por eso, con cierta irreverencia, de alguien que ha recibido una gran golpiza, se dice que quedó hecho un cristo.

A grandes saltos, hemos repasado la pasión de Jesús. Sorprende que en cada episodio, hemos encontrado alguna frase que ha pasado a ser parte del lenguaje. ¿Habrá otra historia de la que podamos decir lo mismo?

cayoelveinte@hotmail.com

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