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"El día que esté viejo y ya no sea el mismo, ten paciencia y compréndeme. Cuando derrame comida sobre mi camisa y olvide atarme los zapatos, recuerda las horas que pasé enseñándote a hacer las mismas cosas. Si cuando converses conmigo, repito una y otra vez las mismas palabras que sabes de sobra cómo terminan, no me interrumpas y escúchame. Cuando eras pequeño, para que te durmieras tuve que contarte miles de veces el mismo cuento... hasta que cerrabas los ojos".

Les comparto nuevamente este excelente mensaje que recibí hace ya buen tiempo de un exalumno a quien aprecio mucho. Lo transcribo casi tal cual. Este mensaje está dirigido a todos los hijos mexicanos para que lo mediten, para que lo apliquen a sus papás y para que se lo enseñen a sus hijos. Recuerden que, entre otras cosas, la vida es un continuo caminar hacia la vejez, a todos nos tocará llegar allá, tarde que temprano.

El mensaje continúa diciéndonos: "Cuando estemos reunidos y sin querer haga mis necesidades, no te avergüences y compréndeme que no tengo la culpa de ello, pues ya no puedo controlarlas. Piensa cuántas veces, cuando niño, te ayudé y estuve a tu lado pacientemente esperando a que terminaras lo que estabas haciendo. No me reproches porque no quiera bañarme, no me regañes por ello. Recuerda todas las veces que te perseguí y los mil pretextos que inventaba para hacerte más agradable tu aseo. Acéptame y perdóname. Ya que yo soy tu niño ahora. Cuando me veas inútil e ignorante frente a todas las cosas tecnológicas que ya no podré entender, te suplico que me des todo el tiempo que sea necesario para tratar de entenderlas. Por favor, no me lastimes con tu sonrisa burlona. Acuérdate que yo fui quien te enseñó muchas cosas que entonces te asombraban".

El mensaje nos vuelve a pedir: "En las ocasiones en que, al conversar, me llegue a olvidar de qué estamos hablando, dame todo el tiempo que sea necesario hasta que yo recuerde, y si no puedo hacerlo no te burles de mí; tal vez no era importante lo que hablaba y me conformo con que me escuches en ese momento. Si alguna vez ya no quiero comer, no me insistas. Sé cuando puedo y cuando no debo. Cuando me fallen mis piernas por estar cansadas para andar, dame tu mano tierna para apoyarme como lo hice yo contigo cuando comenzaste a caminar con tus aún débiles piernitas. Siempre quise lo mejor para ti y he preparado los caminos que has sabido recorrer. Piensa entonces que con el paso que me adelanto a dar, estaré construyendo para ti otra ruta en otro tiempo... pero siempre contigo".

Y claro nos insiste: "No te sientas triste o impotente por verme como me veas. Dame tu corazón, compréndeme y apóyame como lo hice cuando empezaste a vivir. De la misma manera como te he acompañado en tu sendero, te ruego me acompañes a terminar el mío. Dame amor y paciencia, que te devolveré gratitud y sonrisas con el inmenso amor que tengo por ti".

Como ven en este mensaje hay dos visiones, la del padre hacia el hijo y la del hijo hacia el padre. Por un lado, la del padre que cuidó, protegió y educó a su hijo mientras no se podía valer por sí mismo y sobre todo le mostró continuamente su cariño, su apoyo y su generosidad a lo largo de su vida.

Ése es un excelente camino para pasar de un padre, mi querido padre, a un viejo mi querido viejo. Efectivamente, lo que se siembra, se cosecha. Así el hijo nos tendrá cariño, paciencia, comprensión, admiración y apoyo. Y sin duda acompañará a su padre en el tránsito de esta vida hacia la otra.

Estimados papás jóvenes, les vuelvo a repetir que lo que se siembra se cosecha. Ustedes están en el momento correcto para sembrar en sus hijos cariño, apoyo y generosidad. Por favor, háganlo, para así cosechar a su tiempo su cariño, su paciencia, su comprensión, su admiración y apoyo.

Estimado lector, recuerde que vivir no sólo implica triunfar, sino también enriquecer nuestra vida con el trabajo honesto y generoso y con el cariño hacia la familia y los amigos.


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