Vivió toda su vida como chabochi y bastó un día para morir como rarámuri


Él quería celebrar su cumpleaños con una fiesta alusiva a cierta pieza de los Beatles que, aunque no le gustaba mucho, era la única de ese grupo que hablaba de un número de cumpleaños: "When I´m sixty four". En 2018, por estas fechas, los estaría cumpliendo de edad y 47 de trabajar. Había empezado a chambear desde los 17 y algo salió mal con su plan de jubilación, porque se suponía que a los 64 ya debería de estar viviendo de sus rentas y de aventurero, como era su corazón.

No hacía mucho se había sincerado con su esposa y se había lamentado con ella por el mal padre e hijo que había sido.

Les platico: lo conocí aquí en Guachochi, un pueblo medio perdido en la Sierra Tarahumara, donde se había refugiado después de haber corrido ocho veces el ultramarathón de los cañones, al lado de los increíbles rarámuris y de locos de todo el mundo que cada julio van ahí a correr –unos– 63 kilómetros y otros –los más locos– 100. 

Era un chabochi, como les llaman los tarahumaras a los "blancos". Ese vocablo significa "demonio" en la lengua rarámuri. Así los habrán tratado los citadinos, al vejarlos, maltratarlos y arrebatarles las mejores tierras de la sierra de Chihuahua y mandarlos a vivir a las barrancas. El dicho repetido de generación en generación es: "Dios creó a los rarámuris, y el diablo a los chabochis".

Entonces, el amigo de quien les cuento era de la ciudad y después de haber corrido su octavo ultra en Guachochi, se quedó a vivir aquí con su esposa, también chabochi.

Entre los dos tenían cinco hijos. Dos de ella y tres de él, todos regados por todos lados. Su mujer bien cerca de sus dos, pero él muy lejos de sus tres. Su esposa, bien pegada a sus papás y él, despegado de su mamá, que era la única que le quedaba.

Además de haberse casado "por el civil", ellos querían hacerlo también por la iglesia, pero como la católica esas cosas no las acepta, optaron por el ritual de los tarahumaras, que –bien sabios ellos– acostumbran el "matrimonio a prueba", que se extiende por un año y consiste en que la mujer se va a vivir a la casa del hombre. 

Pasado ese tiempo  y si la convivencia no florece, todo termina sin conflictos, dificultades ni compromisos; más si funciona, se formaliza el matrimonio ante la comunidad, en una celebración en la que los novios se echan una carrerita desde su casa hasta el templo rarámuri, para honrar la tradición de esta raza de "correr para ser libres". 

Es que, a diferencia de lo que sucede en otras culturas, en la de los tarahumaras el matrimonio hace libres a quienes contraen ese sacramento.

Pues mi amigo y su esposa, bien casados por las leyes rarámuris, vivían en Guachochi y cuando el 2018 apenas abrió los ojos por allá de enero, ella comenzó los preparativos para hacerle a él su fiesta de sus 64 años alusiva a Los Beatles.

Algo sucedió que, llegado el "gran día", la fiesta no se dio. Semanas antes, en las llamadas que solíamos tener frecuentemente, porque éramos compadres, noté cierto dejo de tristeza en su voz.

Me dijo que lamentaba haber dejado que su papá se muriera llamándolo en sus últimos días... y por alguna razón extraña no había ido a verlo.

Al igual que a su esposa, también me dijo que sentía que se había quedado muy corto en eso de ser papá, porque a sus hijos no los veía desde hacía como dos años. Él mismo contaba que había sido muy buen padre de hijos niños, regular de adolescentes y muy malo de adultos. 

Estaba acongojado porque episodios de su anterior vida de casado estorbaban feo en su nuevo matrimonio. Por más lucha que él y su mujer hacían por vivir a plenitud el presente que tenían, los roces con el pasado los desgastaban tremendamente.

El día de su cumpleaños hablamos por teléfono y hasta contento lo sentí. Me platicó que se habían ido a comer trucha y a cenar conejo, dos de los platillos típicos de esa región.

Un mes después de esa llamada, recibí una de su esposa. Mi amigo había salido con el alba llevando consigo su mochila de siempre y más dotación de agua y pinole que la de costumbre.

Salió de su casa en el pueblo rumbo a la Cumbrecita, justo donde se encuentra el borde de la impresionante barranca La Sinforosa, que desciende casi vertical durante unos 1,500 metros hasta el fondo por la que corren los ríos Verde y Guachochi.

Ese día se despidió de ella, tan cariñoso como siempre, pero su mujer notó que el abrazo que le dio fue más prolongado, cálido y apretado que los que acostumbraba darle a todas horas.

Igual como son los tarahumaras, se le quedó viendo con una mirada profunda, sin pestañear y no pronunció palabra alguna cuando cruzó la puerta hacia la mañana aún oscura.

Mi amigo no volvió. Lo buscaron por todos lados, pero la gente blanca no entiende –yo sí– que cuando un rarámuri se va a fundirse con sus amadas montañas, deja de vivir en esta vida para formar parte de la vida de ellas.

Apenas hablan; son muy callados, porque platican con la mirada. Y así, leyendo en sus ojos, los tarahumaras dicen que cuando uno de ellos desaparece, es porque su presente y su futuro no pudieron con su pasado.

Mi amigo vivió casi toda su vida como chabochi, y le bastó un solo día para morir como rarámuri... el día –hace apenas dos– que lo encontraron dormido para siempre con una apacible expresión en su rostro, enraizado su mortal cuerpo con la tierra de sus amadas e inmortales montañas.

placido.garza@gmail.com

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