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¿Vivir en paz?


Hace tiempo fui invitado a participar en un panel "Sobre la Paz", y rápidamente pensé: implícitamente están diciendo queremos vivir y que los demás vivan en paz. Y me dije, pero esto implica vivir en paz con uno mismo, vivir en paz con los demás y vivir en paz con la naturaleza.

Después me pregunté, ¿existe preocupación en el mundo por las consecuencias de no vivir en paz? La respuesta alentadora es que sí. Si ustedes visitan el Internet, usan el buscador Google y teclean la frase "vivir en paz con uno mismo", existen más de 1 millón de sitios que hablan sobre el tema.

¿Esta preocupación ha logrado que cada vez vivamos más en paz? ¿Existen signos alentadores de que vamos caminando en la dirección correcta? Me temo que siempre es más fácil esperar y pedir que alguien más haga los cambios necesarios; siempre es más fácil pedirle a Dios que haga lo que nosotros deberíamos de hacer, basándonos incorrectamente en la libertad que nos da el libre albedrío.

Después de esa reflexión me dije: "Debemos, por lo tanto, tener el valor para mantenernos firmes en nuestras convicciones y actuar de acuerdo a ellas en nuestra vida personal, familiar y comunitaria".

¿En qué cosas nos debemos de enfocar para cambiar lo que somos? Me pregunté:

· Primero: en el respeto a mí mismo y a los demás. Alfonso Reyes nos recomendaba respetar a nuestra familia, a nuestra comunidad, a toda persona –independientemente de su raza, sexo, nacionalidad, edad, religión, orientación sexual o nivel económico– y, desde luego, respetar a la naturaleza.

· Segundo: aplicar el principio de participación para buscar el bienestar de los demás, especialmente el que menos sabe, tiene o puede. No debemos olvidar la filosofía básica cristiana: nadie puede amar a Dios, a quien no ve, si no ama a su prójimo, a quien sí ve. Para mí es claro que los que más sabemos, tenemos y podemos, tenemos la obligación ética y moral de actuar con un claro respeto y apoyo a los demás, especialmente los que menos saben, pueden y tienen.

· Tercero; aplicando el principio del bien común, que implica participar para tener las condiciones necesarias que le permitan a cualquier persona alcanzar su plena potencialidad si así lo desean. Que, por cierto, fue el esquema que aplicaron en Medellín, Colombia, para transformar su vida comunitaria.

Pero también nos debemos preguntar: ¿qué tan fácil es perdonar a quienes nos ofenden o agreden gravemente para vivir en paz? No es tan fácil, aseguran los

expertos. El dolor de la ofensa nos conduce al enojo, y ambos nos inducen a buscar la manera de hacer pagar el daño y la ofensa al agresor. Pero este camino sólo conduce a abrir más nuestra herida del dolor y a envenenarnos el alma y a alejarnos del camino de la paz.

Lewis Smedes, en su libro "Perdonar y olvidar", nos dice que podemos seguir dos caminos: el del odio o el del amor, pero nos asegura que "una persona estimulada por el odio, siente el perdón flácido, débil e imponente"; pero el odio y el rencor sirven sólo "para las emergencias, es un estimulante a corto plazo, pero falla a largo plazo y al final acaba matando el alma".

En el segundo camino, el del amor, nos dice que es necesario "tener las agallas para mirar de frente al horror, a la injusticia, a la maldad de lo que fuimos objeto" y frente a esa realidad, perdonar.

Pero finalmente, cada quien decide el camino a seguir. Usted puede seguir el camino de la violencia y del odio, en la agresión y en la revancha. O bien, puede seguir el camino del perdón para ser fuerte de una manera creativa y fuerte, muy fuerte, en el corazón.

Termino recordando lo que dijo San Francisco de Asís: "Cuando abandones esta tierra no podrás llevarte contigo nada de lo que has recibido, solamente lo que has dado". Espero que ustedes se lleven un corazón enriquecido por el servicio honesto y generoso hacia los demás, enriquecido por el amor, por el sacrificio y por el abundante perdón otorgado a todos los que los hayan agredido u ofendido.


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