Voces del ocaso


Cuando los sueños ceden su espacio a los recuerdos, cuando la despeinada flama de la juventud que habita nuestros ojos se convierte en serena luz, cuando la pesada carga de años agrieta nuestro cuerpo, cuando pasan ésas y muchas otras cosas ya no hay remedio, la sombra de la vejez nos ha alcanzado y ya no se irá; por el contrario, cada vez traerá más oscuridad y con ella vendrán palabras que ya conocíamos, pero que entonces serán tan pesadas como el tiempo que se nos ha echado encima.

Nos dirán viejos, voz que viene de "vetulus", diminutivo latino de viejo. ¡Vaya!, al menos hay una pizca de simpatía en la palabra. En sus primeros tiempos, "vetus" se usaba en latín para nombrar los productos de las cosechas del año anterior para contrastarlos con los nuevos.  Fue después, en el mismo latín, cuando esta voz extendió su uso para nombrar a todo lo perteneciente a épocas pasadas. Del mismo origen es "veteris", nombre dado a los caballos viejos que, por su edad, ya necesitaban de cuidados especiales y a quienes se encargaban de estos menesteres los llamaron veterinarios. De ahí el nombre de estos profesionistas que hoy ya no se limitan a cuidar caballos viejos. Tal vez, a estas alturas, ya se habrán imaginado que también "veteris" dio en castellano palabras como veterano, vetusto y vejete.  En todos los casos para referirse a lo que ya pasó sus mejores días.

"Ya está chocheando", se dice de quien ve mermadas sus facultades físicas y mentales a causa de la edad.  La expresión es onomatopéyica, es decir, surge de la imitación de los ancianos que, ya sin dientes y con dificultades motoras, en su intento de hablar no se oye sino "cho, cho, cho...".

En otros tiempos, a los viejos y su experiencia se les daba su lugar. Como huella de esta circunstancia subsiste la palabra senador, derivada de "senex", voz latina que también significaba "viejo" y que era condición necesaria para pertenecer al Senado. De la familia subsiste senectud y senil, para de modo elegante referirse a la vejez. Del mismo origen es "senior", que evolucionó y adquirió un sentido reverencial, dando lugar en castellano a las palabras señor, señora y también señorita (que etimológicamente ahora vemos que significa "viejita"). Las cosas cambian, ahora para ser señor o senador, ya no hace falta ser tan viejo ni tan digno. 

De menos dureza, o al menos así parece, es la palabra anciano, que tiene su antecedente en el latín "anteannus", literalmente "el que es de antes". Pariente de otras palabras que guardan el mismo concepto, como: antaño, antiguo y anterior.

Con mucha consideración, en nuestros tiempos se han creado eufemismos para evadir la rudeza de las palabras antes dichas, se habla de estar en la tercera edad, término acuñado en Francia por J.A. Huet, en el año 1950; y de cuño más reciente es la expresión "adulto mayor", que es preferida por muchos. El caso es que la vejez llega con sigilo y la notamos cuando un mal día alguien nos dice que ya dimos "el viejazo" y con desesperanza vemos que el espejo lo confirma. Lo que en la juventud fueron bromas se convierten en estremecedora realidad: nos damos cuenta de que la viejita a la que ayudamos a cruzar la calle es nuestra esposa, y que la frase "yo nunca había sentido...", se hace parte de nuestro vocabulario cotidiano. 

Así las cosas, cuando el peso de los recuerdos sobrepasa al de los sueños, es tiempo de echar mano de toda la sabiduría adquirida para darle sentido a la recta final de nuestra vida.


Volver arriba