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Otro incidente clasista en San Pedro

Para nuestra mala suerte, estaba sentada justo al lado mío, y cada vez que en la pantalla aparecía una escena que la incomodaba, se movía de tal manera que media fila de las butacas se estremecía al vaivén de sus genuflexiones.

Les platico: Hace cosa de tres años inició la Cineteca San Pedro, por iniciativa y de la mano de Enrique González Cisneros, José Luis Solís y Damián Cano; secretario de Cultura de ese municipio y expertos acreditados en la materia, respectivamente.

Escogieron los lunes a las 8:00 de la noche para proyectar títulos que difícilmente pueden encontrarse en las opciones domésticas de paga y menos en las salas comerciales. Muchas de las películas exhibidas han ganado premios en festivales de todo el mundo.

El formato de estos eventos es muy enriquecedor, porque antes del inicio de cada proyección, José Luis sube al estrado del auditorio de Plaza Fátima y habla de lo que los espectadores nos aprestamos a ver.

Y al final, conduce una amenísima charla donde los puntos de vista de todo aquél que quiere expresarse, hacen que nos vayamos a la casa con la mochila llena de reflexiones. Entonces, la película en turno es vista a través de un prisma en el que confluyen cientos de ojos que –por consecuencia– ven unos cosas que otros no. Hagan de cuenta un club de lectura, donde los lectores del mismo libro comparten sus apreciaciones.

Ver una película de esta manera es como verla varias veces y cada una desde diferentes ángulos, lo cual le da a la experiencia una perspectiva que abre las mentes. Bueno, como verán en seguida, no todas...

Por primera vez, hace una semana nos tocó ver una película griega. "Colmillos", se llama, que llegó precedida de una larguísima lista de premios internacionales.

Su tema es fuerte y algunas escenas, en consecuencia, también lo son. Sin embargo, el inteligente guión, la destreza del director y la capacidad actoral de los protagonistas hacen que lo que aparece en la pantalla se justifique con creces y desafían los criterios, las morales y los lenguajes del espectador. Uno se pone a prueba viendo este tipo de películas, para saber de qué están hechas nuestras creencias.

En serio, nada está puesto en esta cinta con el propósito de mover el morbo de la gente. No obstante, quienes así lo quieren ver, pues muy su gusto.

Apenas terminó la proyección, José Luis fue recibido "a boca de jarro", por una de las expresiones más clasistas y ofensivas que he escuchado en mucho tiempo: "cómo se ve que tú no eres de este código postal".

La mujer sentada a mi lado se lo dijo tal cual, y agregó: "la película que acabamos de ver es una porquería. ¿Cómo te atreves a presentarla en un lugar como éste y además, a elogiarla? Este tipo de cine no es para exhibirse aquí en San Pedro. Por eso los señores que estaban atrás de mí no aguantaron más y se salieron indignados". Hasta aquí textualmente lo dicho por ella, y para darle luz a la asamblea, mi Gaby agregó: "esa pareja a la que se refirió, siempre se sale antes de que terminen las películas, pero se van porque les gana el sueño, no por otra cosa".

Sin embargo, la ofendida "soportó estoicamente" la película completa, pudiendo haberse levantado igual que los agraviados o adormilados señores que pusieron pies en polvorosa para –según la misma– no seguir viendo ni oyendo tanta basura.

La reacción de esa mujer es muy parecida a la de quienes por todos los medios posibles buscan aislar o alejar el "sacrosanto código postal sampetrino", de influencias externas "contaminantes".

Quién sabe en qué código postal vivan Enrique, José Luis y Damián, dato que ni viene al caso, porque atacar de esa manera su trabajo y faltarles así al respeto, denigra y envilece a quien usa tan vergonzosas expresiones, que ningún favor le hacen a San Pedro ni a sus habitantes.

Más cruda que las escenas a las que se refería la oficiosa censora sampetrina, es la temática que aborda la película de marras: el afán de los padres por mantener a sus hijos como en una incubadora, negándoles toda posibilidad de conectarse con el mundo real que bulle más allá de las altas paredes que resguardan la casa donde viven, y de la cual no los dejan salir para que no se vayan a contaminar.

La reacción del público fue unánime al rechazar lo expresado por la susodicha, que no aguantó más y se levantó de su asiento, media hora antes de que acabaran los comentarios que la sala le estaba prodigando.

A medio camino entre su butaca y la puerta, una persona alcanzó a preguntarle a voz en cuello si el código postal del municipio de Santiago, desde donde viene todos los lunes, es aceptado para que pueda asistir a la Cineteca o hay qué pedir contraseña y en su caso, a quién.

En seguida, la irreverente, mordaz e irónica de mi Gaby murmuró: "y los que nos la vivimos en el cerro, ¿qué código postal tenemos, eh?". CAJÓN DE SASTRE Y nos quejamos de Donald Trump...

placido.garza@gmail.com






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