¡Yo sé!


Hace unos días tuve que ausentarme de mi casa por la tarde; sabía que mis hijos estaban en buenas manos, así que por ese lado estaba tranquila, sin embargo, sabía las tareas y proyectos que estaban pendientes de la escuela, y sí,  en realidad estaba ansiosa por terminar mi compromiso para poder llegar temprano y supervisar estas labores.

Llego a la casa y ¡oh! sorpresa no había tareas por terminar, no estaba la mesa llena de materiales por el proyecto en proceso, es más, no había cena por preparar; saludo a mis hijos, y con una sonrisa de victoria me comunican que han terminado sus deberes y que ya se están alistando para dormir, mi cara era entre sorpresa e incredulidad. 

La verdad tuve que hacer un esfuerzo por aceptar la palabra de mis hijos y confiar en que lo que me estaban diciendo era cierto. Supervisé algunos detalles y sí, era cierto, ya todo estaba listo.

Después de este proceso vino a mí la consciencia de este doble mensaje que sin querer les trasmitimos a los hijos, por un lado queremos que ganen autonomía (la capacidad para darse reglas a uno mismo o tomar decisiones sin intervención ni influencia externa).

Pero por otro, nuestras reacciones les dicen que no son lo suficientemente capaces para hacerlo, y es en este sentido que el hijo no sabe qué hacer, en lugar de proveerle de una autoestima robusta,  lo volvemos inseguro, ya que el mensaje expresado por sus figuras de autoridad es contradictorio.

Sabemos que en ocasiones no es nuestra intención parecer incoherente pero, es más rápido que uno le ponga los calcetines a esperar que el hijo le pida permiso al pie para ponérselo. Pero, ¿pensamos alguna vez en lo ven nuestros hijos de nuestro comportamiento?

¿Nos ponemos en el papel del receptor cuando nosotros lanzamos nuestro bienintencionado mensaje? ¿Ven realmente nuestros hijos en nuestra actitud de asistencia, el que aprendan a hacer bien las cosas? Podemos contestar con un rotundo ¡NO! 

Los niños tienden a tomar todo lo que se hace por ellos como una obligación. Luego no podemos esperar que lo vean como una oportunidad de aprendizaje. Habrá que acompañar el ejemplo de palabras y aún así estaremos lejos de conseguir que lo comprendan.

Sin embargo, hay un mensaje que todos recibirán: “mi madre lo hace porque yo no sé hacerlo o porque yo lo hago mal. Mi madre no me cree capaz. Mi madre me considera tonto”. Este desarrollo en la lógica de los niños provoca muchos de los problemas de autoestima que están viviendo las generaciones de hijos superprotegidos. Limitar su autonomía no les hace más felices en la medida en la que trabajan menos, sino más infelices en la medida en que se sienten incapaces.

Hay que estar atentos a esta demanda sutil que nuestros hijos nos hacen día con día: “¡Yo solo mamá!, ¡yo puedo hacerlo!, ¡yo sé!”,  nuestros hijos nos piden más momentos de libertad para  hacer las tareas cotidianas y a su manera nos están diciendo “yo no soy tonto”. 

Cuando nosotros contestamos: “¡no sabes hacerlo!, ¡así no es!, ¡¿qué te había dicho?!, ¡nunca te fijas!” les decimos: “sí, hijo, sí eres tonto”. Su reacción puede ir desde la sumisión hasta la rebeldía, y en cualquier caso, es negativa. 



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