El Tri y sus señales vacías

El Tri de Osorio ya no parece tener demasiada cabida en la aceptación popular y razones abundan. Del papelón ante Chile en la Copa América para acá, el técnico ha perdido el crédito, y el equipo la credibilidad
El Tri y sus señales vacías

La combinación de estas dos sensaciones han dinamitado las esperanzas a corto plazo de cara al Hexagonal. El Tri ha quedado expuesto contra el paredón a la espera de una reconciliación con su masa de aficionados que difícilmente logre reconquistar a la brevedad.

Al Tri le costará reinventarse después de aquella masacre de Santa Clara, porque el tiempo es escaso, la preparación no es la adecuada y las exigencias lo obligarán, de ahora en más, a sumar antes que jugar y evolucionar.

Encima, los federativos le siguen programando amistosos inútiles, como ante Nueva Zelanda y frente a una versión despintada de Panamá. Y, lo peor, es que Osorio tampoco pone de su parte para aprovechar estos partidos insípidos para achicar esa brecha que hoy separa a su equipo del ideal.

Osorio ha utilizado la Fecha FIFA para seguir meneando a la Selección con un plantel de corte nacional. Desde que ha llegado al Tri, el DT colombiano le ha cumplido el sueño a muchos futbolistas de sentirse seleccionados, pero al mismo tiempo al equipo lo ha abaratado.

El Tri ya no contagia, porque de lo clasista ha pasado a lo mundano. Hoy cualquier jugador que tenga cierta ‘especialidad’ para jugar tiene posibilidades de probar suerte en el cuadro nacional.

Ahí está el caso de Pulido, quien fue citado antes de demostrar si realmente es el goleador que Chivas necesita. Lleva apenas tres partidos siendo titular con el Guadalajara y ya cambió de pantalla y estatus.

Por estas inoportunas imprudencias, el Tri está como está. No tiene la solvencia suficiente ni la imagen tan fuerte como para darse el lujo de cumplir sus antojos. Tampoco es el momento para desafiar la corriente negativa con más experimentos.

Da la sensación de que el Tri es un instrumento al que cualquiera lo puede tocar. Como el negocio rueda, no se repara en los detalles ni se miden los riesgos. Ni mucho menos se analiza el contexto.

El camaleónico criterio de Osorio ha democratizado las convocatorias, pero el futbol mexicano no supone servir para tanto. Su metodología, que parecía estar a tono con una reestructuración futbolística de raíz, ha abonado a la confusión y no ha logrado establecer un patrón a seguir. Su guía hoy parece ser la desesperación.

Esto último es lo más preocupante, porque un seleccionado requiere tener una base para apoyarse y el Tri de Osorio tiene muchas para no definir ninguna.

La diferencia entre conducir a un equipo de Liga y a un seleccionado está en los entrenamientos.

No es lo mismo afianzar una idea a lo largo de un año que hacerlo en siete u ocho semanas, distanciadas dentro del calendario, donde lo que impera es el momento que atraviesa el jugador y no la paciencia para acomodar a éste en un sistema y ver su evolución cada fin de semana.

El seleccionado debe responder de inmediato, con futbolistas probados y ofrecer certezas de lo que se pretende como equipo. El Tri de Osorio llega al Hexagonal de noviembre en punto neutro y con la sensación de estar aún vacío en conceptos y juego.

Llega acorralado por la tensión y la desconfianza. Desteñido y sin una identidad distintiva. El efecto Chile como quiera aún pesa, pero el mayor lastre del Tri hoy es no saber cómo canalizar esa vergüenza y traducirla en éxito.

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