Tigres y los padres del desplome

Tigres se ha desinflado inesperada y dramáticamente. Después de un veranito dulce que logró consolidar con aquel triunfo ante Chivas en una época de gozo, invicto y punta, de repente le dio vértigo
Tigres y los padres del desplome

Y el vértigo provoca trastornos, si se le subestima, y Tigres no sólo se ha subestimado a sí mismo, sino que se ha autodestruido.

Porque una cosa es meterse en un pantano por causas ligadas a cuestiones futbolísticas, y otra, totalmente diferente, es hundirse en el lodo por razones atribuibles a desatenciones e irresponsabilidades, sumado a lo primero.

A Nahuel Guzmán hoy se le identifica como la cara de la decepción de un equipo que ha tropezado dos veces con la misma piedra, y se ha quedado sin respuestas y con la mirada perdida.
 
Dos caídas en fila (León y Necaxa) que han traído a la superficie los viejos ‘fantasmas’ de la insolvencia e impotencia. Dos resultados negativos cargados a la cuenta del portero por su alta dosis de culpabilidad, y dos partidos vacíos de futbol y soluciones, lo que supone ser lo más peligroso.

Pero Guzmán no es el único padre de la evaporación del hasta hace poco voluminoso juego de Tigres, ni tampoco es el único futbolista con fuga de confianza que ha caído en desgracia.
 
Es cierto que los errores que se cometen en su posición se traducen en goles y derrotas, pero también el desenfocado momento por el que atraviesan Gignac, Sosa, Aquino y compañía, sin apetito ni fertilidad futbolística, contribuyen al hundimiento.

Es indudable que el encadenamiento de fallas de Guzmán ha desplomado a Tigres anímica y productivamente, pero quizás sea en el portero donde se ha manifestado con mayor dolor la enfermedad -transitoria o no- que padece todo el equipo.

Y en ese ejercicio de individualizar las condenas, también cae Ferretti. El técnico puede que sea tan cómplice -o más- de Guzmán y de las derrotas.

Primero, por no poner límites a las reiteradas imprudencias de su portero -a cualquier otro jugador de menos trascendencia ya le hubiera costado el puesto y hasta la permanencia en el club- y, segundo, por respetar jerarquías por encima de las necesidades del equipo. El no sacrificar a Gignac, por ejemplo, si no está a tono ni fino en los partidos.

Pero el derrumbe ante el Necaxa también reavivó los cuestionamientos hacia el entrenador por la falta de respuestas en la adversidad.

Necaxa redujo a Tigres a nada, a tal punto que apenas le permitió dos disparos furiosos a portería. Una terrible ofensa para un Tigres que, más aún de local, está acostumbrado a dominar, pero que se vuelve exageradamente incompetente cuando es dominado como ocurrió el sábado en largos lapsos del encuentro.

Ferretti nunca supo cómo salir de la trampa que le tendió su colega Sosa. Tigres mutó abruptamente a tres planteamientos diferentes en el primer tiempo, un síntoma de no saber por dónde canalizar sus fortalezas.

Primero fue un 4-3-3, después un 4-4-2, y terminó dicha etapa con un 5-2-3, con Dueñas y José Torres como carrileros, Zelarayán desperdiciado y encajonado en la contención junto a Pizarro, y Sosa, Aquino y Gignac en el frente de ataque.

Tigres (o Ferretti) eligió generar por las bandas y desaprovechó el pie y la imaginación de Zelarayán para romper por el medio. El cordobés tuvo obligaciones defensivas y se autoanuló.

Y, en ese mapa planificado -quien sabe si mejor entrenado-, el equipo dejó lagunas tácticas que fueron muy bien capitalizadas por su adversario en ambos goles.

Tigres volvió al recurso del pelotazo a la olla -de hecho, un modelo que se desempolvó con el ingreso de Damm-, pero tácticamente fue un bloque inerte. Por eso, al final del día, los abucheos no sólo se los llevó Guzmán.

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