Opinión

¿Personaje o persona?

¿Personaje o persona?

El actor, comediante y productor de cine, Steve Carell, ganador de un Globo de Oro por la serie The Office, dijo en una entrevista sobre las dificultades de ser actor, que cada vez que está frente a la cámara representa a un personaje que no es él mismo.
Para él no es importante si se trata de una película, un programa de televisión o una visita a una escuela, “siempre estoy tratando de no equivocarme”, dijo. Y yo estoy de acuerdo con él, porque cada persona juega un rol en su propia vida y está constantemente cuidando lo que hace para no ser juzgado por sus acciones.
El “qué dirán” es una ley no escrita que rige la vida de todos, desde que amanece y te levantas de la cama, hasta que vuelves a ella por la noche. Si tienes hijos, porque crees, con justa razón, que eres un ejemplo para ellos, e igual que Carell tratas de no equivocarte.
La forma y orientación que tienen nuestros ojos en nuestra anatomía tiene mucho peso en la razón por la que no vemos a la persona que llevamos dentro, sino a la que representamos y creemos que debemos ser. 
Este es tu caso porque, digas lo que digas, no eres la misma persona en tu casa que en la calle, porque tienes un comportamiento distinto según donde te desenvuelves. 
La semana pasada vi un ejercicio interesante de la casa de encuestas Rubrum, en la que le preguntaron a 1,200 personas si en su entorno habitual las personas cumplen su palabra y la respuesta fue sorprendentemente baja. Apenas 52% dicen que sí cumplen, mientras que un alto 47% afirma que sus allegados no cumplen su palabra.
En una vida de interacción constante como la que llevamos tú y yo, es muy lamentable que no podamos confiar en lo que nos dicen en nuestra familia, trabajo y amigos. Causa gran incertidumbre y nos da un pobre resultado en el que dependemos de aquellos que nos mienten sistemáticamente en lo cotidiano.
Es una revelación muy triste, sobre personas teóricamente invisibles, aunque la segunda pregunta de la encuesta nos confirma cosas que sabemos sobre los mentirosos famosos y, ahora sabemos, altamente representativos de la sociedad con la que interactúan.
Las personas y los personajes que representan, son juzgados como mentirosos de tal manera que los más creíbles apenas alcanzan un 19% y son los maestros; seguidos de los médicos, con 18% y los sacerdotes, con 16 por ciento. ¡Qué bueno que no preguntaron específicamente por las padres de familia o el alumno de la escuela, porque nos dejaría peor parados¡
La desconfianza ha cimbrado todas las estructuras sociales y nos deja mucho que pensar sobre cómo podemos construir una mejor sociedad en la que las personas públicas no son un ejemplo creíble ni deseable a seguir. En el estudio de opinión de referencia los influencers de moda cuentan con una credibilidad baja de10%, los empresarios de 8% y los artistas y políticos cuentan con la más baja de todas, con apenas 2 por ciento. 
Conviene que nos preguntemos si el personaje que decidimos representar en esta vida es el que los demás verdaderamente quieren ver, o si tan sólo es el personaje que nos da la comodidad del mínimo esfuerzo. ¿Somos un ejemplo a seguir para nuestros hijos?, ¿para nuestros vecinos?, ¿para nuestros subordinados o superiores en el trabajo?
Todos somos un poco de luz y un poco de sombra, eso es natural, pero depende de nosotros convertir esa luz en algo que llame la atención lo suficiente para convertirnos en buen ejemplo para los que nos rodean, porque esta encuesta es una pedrada en la cabeza para ti y para mí que saca chipote con sangre.
Podemos ignorarlo, claro, porque es más fácil que convertirnos en ejemplares habituales de las virtudes humanas, pero eso no nos quita la responsabilidad de sentir vergüenza, aunque sea poquita.
En esta temporada de medallas al mérito y reconocimientos otorgados por los gobiernos y las universidades, también tenemos ejemplos de cualidades vistas por los encumbrados que premian a otros encumbrados. Funcionarios que alaban y premian a funcionarios, académicos que premian a académicos. No está mal per se. Sin embargo, la tradición se convierte en comodidad porque sólo premiar famosos es más fácil que premiar al carpintero, que lleva 60 años dándole satisfacciones y comodidades a las familias, o al plomero que se llena de manchas y sedimentos de aguas negras para que en nuestras casas huela a limpio.
La admiración por los famosos es fácil porque los estamos viendo “anotar goles”, es incuestionable, pero bien vale la pena que todos hagamos nuestra introspección y, con ella, un reconocimiento a todos los que nos sirven a diario en nuestras vidas.
¿El personaje que representas todos los días, es mejor que la persona que eres? ¿O el ego te gana y sólo el reconocimiento de los demás es el que vale? 
Y de tus personajes, ¿Quien es más creíble, el de tu casa, el de tu trabajo o el de la calle?


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