Opinión

Adviento, camino de vigilancia

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Adviento, camino de vigilancia

Isaías narra, muchos años antes de la llegada de Jesús, con precisión la misión del Salvador, “vamos a la casa del Dios de Jacob para que él nos instruya en sus caminos”; en el oráculo mesiánico de Isaías se proyecta la mirada profética hacia el futuro, cuyo cumplimiento histórico se verificó en Jesucristo, sobre todo en su pasión, muerte y resurrección en Jerusalén, y se vaticina que a ella afluirán todas las naciones, vendrán pueblos numerosos y dirán: venid, subamos al monte del Señor, al templo del Dios de Jacob. Pablo, en la Carta a los romanos, nos traza el camino de una vida nueva en Jesús, “nuestra salvación está cerca”, revestirse de Cristo porque la noche está muy avanzada y el día ya viene. El texto evangélico forma parte del gran discurso sobre la segunda venida de Jesús, una invitación a la vigilancia. Las palabras de Jesús están dirigidas a todos, pero en especial a aquellos que son indiferentes antes la próxima llegada de Jesús.

En el contexto del adviento, la Iglesia pone ante nuestros ojos la gran realidad de la venida de Dios entre los hombres. Se trata de una venida prometida en el Antiguo Testamento, y que ha servido, al pueblo de Israel y a todos los pueblos, de preparación para la buena nueva del Emmanuel, de Dios con nosotros. Se trata principalmente de una presencia de Dios, una venida ya realizada en Jesús de Nazaret, que es a la vez juicio y salvación, condenación del pecado y donación de la vida nueva en Jesús. Esta venida se actualiza, año tras año, en la liturgia de la Iglesia. Es finalmente una venida futura, cuyo tiempo desconocemos, porque pertenece al tiempo misterioso de Dios. Para cada hombre esta segunda venida se hace concreta al momento de morir, en que se encuentra con Jesús salvador y juez.

La venida prometida y realizada ha de llenar de gozo el corazón del cristiano. Dicha venida, en efecto, nos habla de la salvación que Jesús ha traído a todos los hombres. La fe cristiana nos enseña, a pesar de la realidad que aparece a nuestros ojos, que los pueblos marchan, de la forma sólo por Dios conocida, hacia Jesús en búsqueda de sentido y de salvación. Aquí está el verdadero fundamento del optimismo cristiano.

La venida futura, por su parte, reclama del cristiano, primeramente, una fe sincera en la realidad de esta venida, independientemente del momento histórico de su realización; además, una profunda actitud de vigilancia. La analogía con el tiempo de Noé y con el ladrón que asalta una casa es un ardiente llamado a la vigilancia cristiana y, con ella, a no dejarse engañar por los señuelos del mundo y del tiempo presente, a veces tan ajenos del sentir y actuar propios del creyente en Jesús. Por eso, san Pablo, en espera de la segunda venida, además de dejar las tinieblas del pecado, invita a vivir en la luz, a revestirse de Jesús para formar parte de su cortejo, cuando él venga.

La vigilancia es una virtud eminentemente cristiana. La hemos de practicar de cara a los atractivos y solicitaciones del ambiente en que vivimos, y frente a las pasiones que anidan en nuestro corazón y que nos inclinan hacia la tierra en vez de elevar nuestra mirada hacia el cielo. Vigilancia también de los pastores sobre sus “ovejas” para dirigir a todas hacia buenos pastos, para hacer volver a las alejadas, para curar a las enfermas, para alimentar a todas con el pan de la Palabra y el pan de la Eucaristía. Vigilancia de los padres sobre sus hijos para enderezarlos por el camino del Evangelio y darles una sólida formación cristiana. La fe en la segunda venida de Cristo funda una ética cristiana, sumamente exigente y comprometida en la educación del hombre y en la construcción de una sociedad cada vez más digna y acogedora.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, ruega por nosotros.

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