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A veces los sueños se vuelven realidad


Aprendió a leer a los tres años con su abuelita, que le platicaba –porque era mucho más que una lectura– los artículos del Selecciones del Reader´s Digest.

Yo creo que su gusto por el periodismo le nació en aquellos días, porque en vez de dormirse mientras le leían un cuento como a todos los niños "normales", a él su abuelita le leía el Selecciones y después de la comida o antes de la cena, repasaban juntos las noticias del día en El Porvenir y a veces también en El Norte.

Sí, su abuela es la misma de aquél relato que les platiqué de cuando el papá le apagaba a su hija Lupe el quinqué a las meras 8:00 de la noche porque tenía que madrugar para ayudar en el tendajo de la familia.

Sí, es la misma que una noche se salió al patio a seguir leyendo a la luz de la Luna y cuando su papá se le apareció le dijo, apuntando al cielo: "A ver, apágueme a esa".

Hubo dos personas a quienes de chiquito les decía "otro poquito": A su abuela, cuando terminaba de leerle el artículo del día y él quería que le leyera otro, y a su adorada tía Esthela, cuando acostado en sus piernas ella le acariciaba amorosamente la espalda hasta dejarlo casi dormido.

Y así creció. Aunque también aburriéndose cuando lo metieron a párvulos a los cuatro años, porque las maestras estaban empecinadas en hacer que sus alumnos aprendieran a leer y escribir... siendo que él ya sabía hacerlo desde sus 3.

Entonces, su abuela fue su primera maestra y, sabia como era esa mujer, lo dejó que escribiera con la zurda, por más que ella intentaba ponerle el lápiz en la diestra. Era zurdo y para tratar de "corregirlo", en la escuela le amarraban la mano al pupitre para obligarlo a que escribiera con la diestra.

Un día que su abuela fue por él al colegio, le dio la queja y a la mañana siguiente ella misma fue a llevarlo y pidió hablar con la directora, a la que le leyó el párrafo 3 del artículo 1 constitucional que protege a las personas zurdas ante cualquier tipo de segregación. Resultó que la directora era docta en lides legislativas y le arguyó que ese artículo se refería a aspectos laborales, a lo que la abuela replicó: "...y también educativos".

Nunca más volvieron a amarrarle su mano izquierda y él se convirtió en un zurdo consumado.

Como leía todos los días el periódico, una vez vio que en El Norte ofrecían cursos de periodismo gratis a quienes cubrieran como único requisito tener excelente ortografía. Bueno, había también uno relativo a la edad mínima, pero él no hizo caso y como tenía muy buena ortografía merced a tanta lectura y escritura que hacía, pidió cita con el director del periódico.

A la secretaria, que se llamaba Margarita Malo y que resultó ser muy buena, le causó gracia que el güerquete aquél se animara a querer ver al mero mero del periódico y le explicó que para recibirlo tendría que escribir su autobiografía –entonces no le llamaban CV– y enviarla escrita a máquina. Sólo después de leerla decidirían si la cita se daba.

Ese mes estaba leyendo a Demian, de Hermann Hesse, y su autobiografía se impregnó de la parábola del pájaro que para nacer, tiene qué romper un huevo, y el pájaro es el hombre, y el huevo es el mundo...

Apenas empezaba a escribirla, la cinta de la máquina que le prestó un amigo –una lettera portátil– se rompió y ni cómo comprar otra. Entonces se le ocurrió teclear sin cinta, percutiendo cada letra sobre un papel pasante y debajo de este, cada hoja.

Cuando llevó su autobiografía, Margarita Malo le preguntó por qué en copia y él le respondió que el original de 15 hojas era para él. Éste fue quizás el único caso de una copia... que nunca tuvo un original.

Y entró al periódico, y le encantaba su trabajo y le fue muy bien y cuando mejor le iba, su jefe lo animó a estudiar comunicación, que apenas iniciaba el ITESM como carrera en todo México, pero lo que ganaba no le alcanzaba para las descomunales colegiaturas que cobraban, y como estaba de moda, no-había-becas.

Buscó al director y le pidió permiso para asistir como oyente de 7:00 a 11:00 de la mañana. Chucho Torres lo dejó –entonces se podía– y él feliz tomaba clases, hacía las tareas, compraba los libros, preparaba la clase, todo igualito a los alumnos, nomás que no podía tomar la palabra en el salón, su nombre no aparecía en las listas y aunque estudiaba para aprobar los exámenes, no podía presentarlos. Calculaba cuánto hubiera sacado en los parciales y semestrales, comparando respuestas con sus "compañeros". Siempre pasó arriba de 90, pero su nombre nunca apareció en las listas.

Así estuvo un año y medio, hasta que un día, Chucho le avisó que ya no podía dejarlo asistir como oyente porque el Tec se estaba poniendo muy duro en eso y otras cosas. Fue muy triste pero entendió y se refugió en su trabajo, donde siguió ascendiendo.

Cuatro años después recibió una llamada. Era el mismo Chucho, que lo estaba invitando a volver al Tec, y cuando el director de la carrera de comunicación terminó de darle los detalles, le contestó: "A los 30 segundos, ya había aceptado".

El primer día del nuevo ciclo escolar llegó media hora antes de las 7:00 de la mañana: los mismos pupitres, el bicolor de las paredes, los pizarrones verdes de Aulas Cinco y la tarima donde los profesores daban cátedra.

Reconoció la esquina al fondo del salón donde siempre se sentaba como oyente invisible y rememoró el último día que había estado ahí como "alumno" de esa carrera que tanto amaba.

Sin pensarlo, fue a sentarse en ese mismo lugar. Colocó su portafolios en el espacio donde se guardan los libros y esperó a que sonara el timbre que anunciara el inicio de la clase.

El bullicio le avisó que los estudiantes se acercaban. Desde donde estaba los vio uno a uno y cuando el último tomó su asiento, se dirigió al frente del salón y de un brinco trepó a la tarima reservada ...para los maestros.

CAJÓN DE SASTRE

A veces, los sueños se vuelven realidad... y ésta es tan grande que nos vuelve a hacer soñar...

placido.garza@gmail.com

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