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Alfonso Reyes: erudito regiomontano del peyote

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Alfonso Reyes: erudito regiomontano del peyote

Casi nadie sabe que Alfonso Reyes escribió varios textos sobre el peyote. Desde hace décadas, en un libro que titulé "El erotismo en Alfonso Reyes" (1987), me referí a esta peculiaridad en la obra de nuestro paisano universal. 

Reyes menciona este cactus endémico del noreste de México en su ensayo "Interpretación del peyote": "El peyotl, hierba sagrada, posee, entre otras, la propiedad de transformar los sonidos en visiones, las notas musicales en alucinaciones luminosas". 

Se trata de una conversión en prosa de lo que Reyes ya había plasmado en su poema "Yerbas del Tarahumara" (1927): "Yerba de los portentos/ sinfonía lograda/ que convierte los ruidos en colores". 

Luego, en su discurso con motivo de la "Ofrenda al Jardín Botánico de Río de Janeiro", Reyes informa que viajó a Brasil con su valija diplomática cargada con simientes de esa planta mágica de los indios tarahumaras; exportación que el entonces Embajador Mexicano decidió hacer por sus pistolas, "en nombre de la ciencia de mi país". 

Dicho lo cual, procedió a elogiar las "aplicaciones múltiples y portentosas" de la cactácea y a describir sus efectos en el organismo humano con profusión de detalles: "produce un retardo biológico en el ritmo receptivo (...) hace que las ondas sonoras aparezcan – por relatividad – más aceleradas que de ordinario, hasta transformarse en ondas luminosas" (Norte y Sur en OC t. IX, pp. 89-92). 

Al cabo de lo cual se toma la molestia de aclarar que la planta no engendra hábito ni vicio y es medicina del dolor moral.

Es obvio que Reyes conoció siendo niño el peyote, desde que acompañaba a su padre Bernardo a aquellas innumerables expediciones de Nuevo León a Chihuahua, época en la cual convivió con apaches, kikapúes, huicholes y, por supuesto, los muy sabios y refinados tarahumaras. 

Reyes advierte en un ensayo de 1944 ("Breve visita a los Infiernos"), que la marihuana es más peligrosa que la mezcalina, y exhibe a su amigo Ramón María del Valle -Inclán (el más grande novelista español a quien yo dediqué mi tesis universitaria) como marihuano. 

Cuando la escritora argentina Victoria Ocampo le regaló a Reyes su libro "Virgina Woolf en su diario" (1954), donde alude a la experimentación de mezcalina por parte de Aldous Huxley, un airado Reyes le responde que no son nada nuevos los hallazgos del británico y que la ciencia europea –y la mexicana por descontado– "conocen todo eso desde hace mucho tiempo atrás" (Reyes/Ocampo, "Cartas Echadas: correspondencia", UAM, México, 1983, pp. 59-60).

Con igual desagrado, Reyes descalifica a Antonin Artaud cuando el francés osó ridiculizar al peyote  en el libro "Les Tarahumaras". 

Dice Reyes con enfado que el texto de Artaud: "... es una falsificación poemática y seudo-mística en torno a la magia del peyotl" (Fabienne Bradu, Artaud, todavía" FCE, México, 2008). 

Finalmente Reyes remata la descalificación de Artaud con una sentencia inapelable: "No se juega infamemente con los dioses".

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