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Anatomía del cambio


Los cambios que menos violencia generan ocurren de forma gradual y no de forma abrupta. Habrá quienes opinen que empezar a escribir un nuevo libro –en lugar de un nuevo capítulo– es el secreto para instaurar una realidad más justa. 

Independientemente de la conveniencia o no de esta utopía, buscarla en una estrategia así propuesta implica aceptar el precio de una transformación cara, sufrida e indeseable en la que, de cara al futuro, se desestiman por igual aciertos y errores presentes y pasados.  

En lo personal, prefiero los otros tipos de cambio, los que son graduales, pero contundentes; lentos pero duraderos; y apasionantes, pero razonables. Este cambio no es el que nace de la oposición férrea a la realidad a cambiar, sino del diagnóstico, el análisis y el diálogo. Es el cambio que tuvo en sus manos el presidente dominicano Joaquín Balaguer, quien su hazaña inmortalizó Mario Vargas Llosa en la novela La fiesta del chivo, ganadora del Nobel de Literatura. Reagan se refirió a Balaguer como el padre de la democracia dominicana. Su sagacidad acabó con el régimen totalitario sin comprometer la estabilidad del país.

Los economistas políticos, James Robinson y Daron Acemoglu, demuestran en su libro ¿Por qué fracasan las naciones?, que es la estabilidad en el gobierno una condición necesaria para que exista prosperidad prolongada en el largo plazo. Desde luego, esta estabilidad no es el único componente. Si con la continuidad se hacen disparates, se pierde la oportunidad de aprovecharla para cosechar bienestar. Tal es el caso de Venezuela en la época de Chávez (porque ahorita hasta la estabilidad política perdieron), de la dictadura de Nicaragua o del régimen de Corea del Norte. 

La oportunidad que tuvo Balaguer en sus manos es similar la oportunidad que tiene, por ejemplo, el nuevo presidente cubano, Miguel Díaz-Canel. Se trata de un cambio que inicia sin muchas sorpresas. Eso permite que los beneficiarios del estatus quo lo aplaudan y que, de buenas a primeras, produzca muecas de disgusto en los que esperanzados de una nueva realidad piensen que se trata de una prolongación de su situación actual. Y aunque bien puede suceder así, también hay que reconocer que en Díaz-Canel reposa un enorme potencial de cambio. Con la astucia suficiente, poco a poco, puede transformar Cuba en un país democrático, moderno y que haga comercio con el mundo. Pero Balaguer tuvo a su favor una enorme ventaja ideológica, que no tiene Díaz-Canel: sirvió a una dictadura de derecha y de convicciones más moderadas. Díaz-Canel es comunista.

Los cambios razonables no son llamaradas de petate. Es ingenuo pensar que todo lo que se hace en el gobierno se hace mal. Los argumentos simplistas y cargados de emoción están a la orden del día. Los interesados en comprender son pocos y los que están dispuestos a hacer algo son menos. La fuerza y la velocidad del cambio inteligente radica en una ponderación de la situación política y el diagnóstico de la injusticia. Se comete un error si se piensa que únicamente es la injusticia el indicador del momento y las dimensiones del cambio. Pues partiendo de la base de que la situación de las cosas tiene una justificación lógica –una causa justa– una transformación más profunda y más rápida de lo prudente podría convertirse en la antesala de nuevas y peores injusticias. Pero si la única causa es una perversión del oficio público –es decir, cuando no hay justificación– entonces hay que actuar pronto y dar un golpe certero.

Los mercados financieros saben que los cambios radicales normalmente comprometen la prosperidad de un país. Son cambios que van más allá de la prudencia, buscando una justicia fantoche y de burbuja, que salva a unos, pero sacrifica las condiciones de bienestar del resto; y, por lo mismo, no supone una nueva realidad sostenible. Los resultados de las encuestas para la elección presidencial han castigado el tipo de cambio, detenido la inversión y postergado las decisiones importantes de negocios para después de las elecciones. Casi ningún mexicano queremos continuidad. Estoy seguro de que el cambio estará el primero de julio detrás de la decisión de la mayoría de los votantes. Analizando la anatomía del cambio ojalá apostemos por construir sobre nuestro mismo modelo económico y político, a través de una transformación gradual; como la que nos ha convertido en el país más desarrollado de América Latina y una de las quince economías más grandes del mundo.

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