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Al Punto

Camino al infierno

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Camino al infierno

De niño vi un enorme letrero que decía: ‘‘Si va usted al infierno, primero visite Mexicali”. En efecto, con San Luis Río Colorado, que está a unos 75 kilómetros, Mexicali figura entre las ciudades más calurosas del mundo.

Quizá hoy habría que exhibir otro letrero parecido con esta leyenda: “Si va usted al infierno, primero excluya de su vida a los demás”. Porque el fuego inextinguible del infierno quizá no sea otra cosa que el hielo quemador de la soledad absoluta. Con toda razón, el psicólogo norteamericano Martin Seligman, en su célebre acrónimo de los cinco factores de la felicidad “PERMA”, pone al centro la relación con los demás. Curiosamente, a veces vamos en sentido contrario, limitando y delimitando nuestro hábitat relacional, dejando fuera a quienes no pertenecen a nuestro grupo familiar, social o religioso.

La Biblia no es ajena a este fenómeno. El Antiguo Testamento da fe del recelo que sintió Josué cuando alguien más profetizó al margen de Moisés; y el Nuevo, del que sintieron los discípulos de Jesús cuando alguien más arrojó demonios en su nombre sin ser parte del grupo. Pero tanto Moisés como Jesús rechazaron el reclamo, dejando claro que, en los planes divinos de la salvación, nadie tiene la exclusiva del ministerio.

Ni siquiera la Iglesia Católica pretende tenerla, pues sabe que Dios actúa de manera misteriosa en muchísimas personas que están al margen de su feligresía, y que a través de ellas se difunde también la salvación. Recuerdo cuánto me tocó en mi adolescencia el libro El contrabandista de Dios. Era el relato de un pastor protestante que, en plena persecución religiosa por parte del gobierno comunista ruso, retacaba su auto de Biblias y las introducía clandestinamente en aquel país. La mano de Dios se hizo presente no sólo en la ceguera de los agentes fronterizos, sino también en los miles de kilómetros que aquel auto recorrió sin ningún servicio, hasta que un acomedido mecánico, tras echarle un vistazo, dijo al pastor: “Este auto anda de milagro”.

La Iglesia Católica, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II, ha ido tomando cada vez más conciencia de que no es “católica” (es decir, “universal”) sólo por su carácter misionero-evangelizador en todo el mundo, sino también por su apertura a la obra de Dios en otras iglesias y creencias, sin negar por ello que Jesús es el único Salvador.

El Papa Francisco, en su reciente intervención con ocasión del día del migrante, nos invita a superar el miedo a abrirnos a los demás, a caminar juntos, a acoger al que “no pertenece” a nuestro clan. Esto vale no sólo para los migrantes, sino también para todos aquellos que excluimos de alguna manera porque nos resultan “forasteros”.

Si el infierno es la exclusión total de Dios y de los demás, el cielo es todo lo contrario: la inclusión total, la plena comunión. Pienso que ese don que los teólogos llaman “luz de la gloria”, propio del cielo, no sólo nos permitirá ver a Dios como realmente es, sino también a los demás como realmente son, y enamorarnos de todos sin remedio.

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