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¡Campeones!

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Es noche para dejar la razón en casa, salir a las calles y abrazarnos con propios y extraños. Momento para que los gritos descontrolados nos hagan añicos la garganta.

No es para menos, ¡Nuestro equipo ha ganado el campeonato de futbol! Así nos lo recuerdan las banderas improvisadas que ondean por todos los rincones de la ciudad. ¡Campeones!, la palabra brota de todas las bocas y al día siguiente se pintará en la primera plana de todos los diarios. Las desbordadas emociones no nos dejan tiempo ni ganas para hacernos la pregunta: ¿Por qué nos da tanto gusto tener un campeón?

La respuesta es escurridiza, supongo que habría que buscarla en los más recónditos pliegues de nuestro cerebro reptiliano, pero tal vez parte de ella podamos encontrarla en la historia de la palabra.

Para nuestros antepasados latinos, el campo no solo era la relajante naturaleza vestida de verde, también era escenario que se teñía de rojo por la sangre derramada en las batallas que ahí se libraban. Por esto fue que de la palabra campus, se derivaron diversas voces que encierran conceptos bélicos. Una batalla campal era una lucha de grandes proporciones, y todavía hoy así le decimos a un pleito en el que participa una gran cantidad de rijosos, aunque ya no sea en el campo.

En español antiguo, un campeador era un valiente guerrero que sobresalía en el campo de batalla logrando notables hazañas y grandes victorias. Baste recordar al famoso héroe medieval, Rui Díaz de
Vivar, conocido como El Cid Campeador.

También, cuando las tropas salían al campo, como queriendo pelear, se decía que andaban en campeada, que después se dijo en campaña. Un verbo antiguo relacionado fue campar, que en 1727 el diccionario definía como: “Sobresalir entre los demás, o hacerles ventaja en alguna habilidad, arte u dote natural”. Nótese la similitud con nuestro concepto de campeón.

En tierras germánicas, del latín campus se derivó kamp (campo de batalla) y kamphio, ‘paladín que combate por otro’. En italiano, esta voz se transformaría en campione, en francés e inglés champion y en español campeón.

¡Qué interesante es descubrir que, en su origen, antes de adquirir el significado actual, un campeón era un habilidoso guerrero que luchaba por causas ajenas! En 1566, Jerónimo Jiménez de Urrea escribió Diálogo de la verdadera honra militar, y en una parte dice con claridad:

“Campeón se llama el que combate por otro. En caso de traición, si un grande fuera retado por un caballero particular, no hay que dudar, le conviene combatir con él. Pero si acaso el grande fuera viejo o estuviere enfermo o inhábil para las armas, en tal caso debe el grande poner un campeón igual al caballero”.

Viéndolo así, tal vez nuestros campeones han luchado por nosotros en un juego que es la nostalgia por las batallas que ya no peleamos. De ser así, nuestra euforia es legítima, porque ellos han conseguido una victoria que nos pertenece (después de todo, por eso les pagamos tanto). Seguimos, entonces, viviendo un concepto viejo con una modalidad nueva.