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Latitud

Carmen

Latitud

Carmen

En la lluvia. En una terraza. En un paseo. En un estudio de televisión. En las telenovelas. ¿Cuál es el lugar donde más has querido estar, Carmen? 

¿En la planicie infinita de Torreón, donde naciste? ¿Rezando de niña al Cristo de las Noas, tú tan creyente? 

La fe es un lugar tranquilo donde estar. La fe no se tiene: en la fe se está.

¿Cuál es el lugar donde más has querido estar, Carmen? ¿En la XET de Monterrey, cantando canciones de Miguel Prado? ¿Imitando muy joven a los artistas como una forma de homenaje? 

Ya sé: mejor frente a las cámaras. Filmando una película: ahí estás en el lugar sin límites, en tu mejor lugar.

Te acordarás de la Coronación de la Reina, en la Feria del Algodón. Principios de los 50. 

Don Carlos Amador te descubrió. “Una muchacha con mucho talento”, decía don Carlos. 

O quizá en tu debut en el Cine Opera, en la Ciudad de México. O en el cine Colonia. 

O en el Florida. O en el Teatro Esperanza Iris. Esos son lugares cómodos donde te ha gustado estar. 

Tú regresas siempre a tu casa, Carmen. Con los tuyos. Por nostalgia. La vida es un eterno regresar. Pero la Ciudad de México es para ti un imán. 

Te gustaba estar ahí, desde muchacha, en el departamento de la Narvarte, que les rentó tu papá. 

¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué difícil arrancar una carrera artística! ¡Qué dolor comenzar! 

¿Será en las carteleras del Blanquita, del Teatro Lírico donde más te ha gustado estar? Ya sé: en los centros nocturnos. 

Los aplausos a tu talento como tormenta dulce, Carmen. La vida mostrando su mejor cara. 

Y luego vino lo de Pedro. Tú siempre vuelves a tu hijo Pedro. Tantas veces Pedro. 

¿Qué es de verdad un amigo como el “Chato” Cejudo?¿Un confidente? ¿Un hermano? ¿Fue en el corazón de Cejudo donde más has querido estar? 

¿Te acuerdas de Carlos Salazar? ¿Entre Miguel Nieto y América? A unas cuadras de Venustiano Carranza? 

No salir nunca más de ese rinconcito de paz. Mejor estar ahí. Para siempre estar ahí. Pobre del “Chato”. Pobre de nosotros. 

Has sido generosa con mi madre. Lo haces con naturalidad, como si no te dieras cuenta, espontáneamente. Le regalas natillas. Unos dulces comprados en el aeropuerto.  

“Ay, Hilda, rézale a esta Virgencita!” ¡Ay, Hilda, tomate esta agua milagrosa! ¡Ay, Hilda!”

Regalas el bien y eso no se retribuye con nada, más que con afecto. Vende caro tu amor, aventurera. 

En la lluvia. En una terraza. En un paseo. Bajo los árboles. ¿Cuál es el lugar donde más has querido estar, Carmen? 

Qué triste que ese lugar no dure para siempre. Pero si tu lo quieres, todo dura para siempre. Todo. Y tu lo quieres. 

No te vayas, Carmen.

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