Cuando un amigo se va


En uno de mis lugares favoritos de trabajo tengo una pequeña pared dedicada a imágenes de algunas celebridades que son significativas en mi vida. Debajo de un retrato en acrílico de don Ricardo, mi papá, está mi foto con Emilio Azcárraga Milmo, mi jefe y amigo de tantos años en un gesto cordial y generoso que no todos le conocieron a mi segundo padre.

Muy cerca está la foto de Karol Wojtyla, en la narración de cuyas visitas a México tuve oportunidad de participar, tal vez sólo para conocer de cerca su habilidad para el manejo de los medios elecrónicos a favor de su proyecto, conservador y populista a la vez: el Papa televisivo.

Recorro con la vista el muro y me encuentro en una foto con Jaime Almeida y a Silvia Pinal. Él, la persona que más sabía de las canciones que yo evoco en mis columnas; ella, el objeto de mi ardiente e intenso amor platónico de adolescente cuando la admiré en Ring ring, llama el amor, el primer musical que yo vi en mi vida, en el cual debutaron como actor Manuel Valdés, y como productor teatral precisamente Emilio Azcárraga, a la sazón pareja de Silvia.

Al lado hay una foto con Paco "El de Lucía", prodigioso guitarrista que trajo como nadie de España a México el embrujo del instrumento bien tocado a lo flamenco. Abajo a la izquierda sonríe a mi lado otro músico que tal vez sólo recuerde Viola, su mujer. José Alfonso Ontiveros Carrillo, yucateco de nacimiento, capitalino por vocación, quien murió con el nombre de Guadalupe Trigo luego de haber compuesto, entre otras canciones, el más hermoso himno a esa urbe de nombre incierto aque algunos llamaron México, otros DF, luego CDMX y ahora no sabemos cómo; para Guadalupe Trigo fue simplemente "Mi Ciudad".

En una foto asisto con la corbata a Anthonny Quinn, actor de excepción y anfirión de excelencia en cuya casa a unos veinte kilómetros de Roma comí con él y su mujer de entonces, Iolanda, y me convidó del vino hecho por él con las uvas blancas de su propio huerto. Hay una fotografía con don Pedro Vargas, a quien escuché cantar en la pequeña iglesia que se construyó en torno al sitio en el que supuestamente nacio Jesús, a capella, un estrujante Ave Maria, sólo para satisfacer a la hermana del presidente de México que nos había incluído en la lista de invitados al viaje.

Aprecio mucho una foto en la que estrecho la mano de don Gustavo Díaz Ordaz en una memorable comida para celebrar el día en que Luis Echeverría dejó de ser presidente. Al fondo están Bernardo Garza Sada y Agustín Legorreta, el banquero. En otra imagen, al lado de Miguel de la Madrid aparecen mi hermano Fernando Alcalá y Lourdes Guerrero.

Y para que no se me olvide el porqué había comenzado este recorrido por los recuerdos en blanco y negro, que no es más que un recuerdo de lo inevitable de nuestra propia muerte, entre todas las gratas memorias resalta la sonrisa de Alberto Cortez, el gran cantautor y persona excepcional que fue el primero en ponerle música a los poemas de Machado y al eterno poema veinte de Pablo Neruda, entre otras grandes canciones de nuestra juventud.

¡Dios! Cómo se muere gente que no se había muerto antes.

felixcortescama@gmail.com


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