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De compras sin licitación patentes y libros de texto


No hablé con la señora "Buscapina", pero sí con el distribuidor del fármaco de quimioterapia anticáncer llamado "Capecitabina", líder mundial en el tratamiento de los más letales.

Me dio cátedra de la confusión del gobierno mexicano respecto a las licitaciones y a las patentes de los medicamentos.

Les platico: Hay qué pedirle al gobierno que entienda por qué se hacen asignaciones directas. La ley dice que se pueden sólo cuando existe un proveedor en la galaxia que da eso que se requiere. Bueno, en el sistema solar, ahí lo dejamos para que no digan que exagero.

En el caso de los libros de texto y de las patentes de fármacos, el gobierno siempre tiene qué comprar por asignación directa, porque sólo hay uno que es dueño de los derechos de autor –en el caso de los libros de texto– y de la patente, cuando se trata de un medicamento.

Si la gente de la SEP dice: Tenemos qué comprar un libro de Paco Ignacio Taibo para que todos los niños lo lean, sus herederos van a responderles, ok, arréglense con el editor dueño de los derechos de autor del padre del jefe del Fondo de Cultura Económica.

Si el nuevo director del IMSS o el del ISSSTE quieren comprar "Buscapina Compuesta", tendrán qué entenderse con Sanofi, dueño de esa patente que –por cierto– acaba de comprar en €16,000 millones de euros a la alemana Boehringer.

Y si la SEP les pregunta a los herederos de Taibo: "¿Puedo comprarle ese libro a otros proveedores que me lo dan más bara?", la respuesta será: "No, nunca, jamás, porque el contenido nos lo heredó mi papá y lo maneja el editor".

Los libros de texto tienen un autor. Pero una cosa es el ejemplar y otra la impresión del mismo. El libro es el objeto lleno de letras, dibujos, fotos, y la impresión es cuando le metes papel al asunto y de la prensa sale la ristra de ejemplares. En este proceso no hay asignación directa, y menos al compadre Rincón.

El gobierno confunde las cosas. Asigna directamente la impresión del texto y critica de monopolista al dueño de los derechos del contenido del libro y lo mismo ocurre con las medicinas, donde sí hay un monopolio, el del dueño de la patente. Y si el IMSS o el ISSSTE preguntan: "¿Le puedo comprar esos fármacos a otros?", la respuesta de los dueños de la patente será: "No, nunca, jamás, porque es mía. Si quieren, dentro de 10 años hablamos cuando se libera dicha patente".

Con los derechos de autor en los libros es diferente, porque ahí el que los escribió tendría que petatearse para que se extinguiera su derecho, pero si los heredó a sus hijos, pues con ellos se tendrá qué negociar, o con su editor.

Nunca en la historia de México hasta este 2019, habían fallado los libros de texto. Y la duda de muchos profesores ante esta demora –porque pronto iniciará el nuevo ciclo escolar– es, si los libros de texto no están listos para el primer día de clases, ¿qué van a enseñar a sus alumnos?

Y como hay una nueva "meta-reforma educativa", no hay programas oficiales para muchas materias, porque no hay libros de texto todavía; por ejemplo, para las clases de Historia y Educación Cívica, no hay programa. No saben si la secundaria va a seguir siendo de tres años o de dos.

No es coincidencia que falten los libros de texto para esas materias y que por ende no haya programas, porque casualmente son los dos temas sobre los que el gobierno quiere construir, no un plan educativo, sino de adoctrinamiento.

"¿Cómo me comporto como ciudadano y cómo percibo y entiendo a mi pasado?", ese es el tema del adoctrinamiento, que estará basado en esas materias y en sus respectivos libros de texto. Y ¿a qué no saben lo que entra como punto específico en el contenido de Historia y Educación Cívica? Exacto, la Constitución Moral, jugar a ser pobre, promovido esto por la 4ª República.

El plan es incluir en esas materias lo que por definición no se puede enseñar. Se puede enseñar qué día nació Hidalgo, cuántas campanadas dio en Dolores o cómo hacer una resta o suma, porque estos conocimientos están fuera y son superiores a los alumnos, pues alguien más cuerda que ellos los creó.

En cambio la sabiduría no se puede enseñar porque está dentro de uno mismo. Ejemplo: ¿Cómo ser feliz? ¿Qué se siente amar? ¿Cómo encontrar a Dios, no le hace que sea al de Spinoza? Sin embargo, ésta acepción de la sabiduría no es preocupante.

Si se convierte en una exigencia moral, en una nueva Constitución, en unos derechos humanos que pueden ser cualquiera que se le ocurrieron a alguien en una mañanera; esta nueva "sabiduría" que se vuelve un imperativo como "vamos a rescatar a unos pobres que son como mascotitas", es lo que no se puede hacer, porque se quiere enseñar lo que no se puede.

Es como si yo le dijera a alguien: te voy a enseñar a ser feliz. Perdón, pero ¿de parte de quién me atrevo a eso? Porque el otro me diría: "No te ocupes, eso es un asunto del que yo me encargo".

Peor aún, si alguien aprende a ser feliz como otro le enseña o le dice, éste puede denunciar públicamente a quienes quieren ser infelices.

Si mis hijos no son felices a mi modo o se resisten a eso, yo los tengo qué denunciar y sospechar de ellos. Porque cuando la felicidad y la moral se vuelven una obligación, cuando los derechos humanos mutan y se convierten en lo que el "líder" diga, se convierten en un arma en contra de cualquiera que piense y actúe diferente.

Y lo más grave es que este precepto no lo ejerce el gobierno, sino el vecino o el padre o el hijo para denunciar al contrarrevolucionario.

Finalmente, ¿qué va a decir el libro de Historia? Una arenga nueva que les va a "enseñar" a los niños cómo se ordenó la historia para que ocurriera un momento crucial en el que México se enfrenta a su 4ª transformación. Ellos van a leer una crónica de educación socio-emocional donde no hay qué ser gandalla, hay que portarse bien y predicar el amor y paz.

CAJÓN DE SASTRE

"no puede ser", exclama incrédula la irreverente de mi Gaby.

placido.garza@gmail.com

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