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El porqué de las cosas

De la distancia física a la emocional

El porqué de las cosas

El sábado 10 de octubre se celebra el día mundial de la salud mental, momento importante para reflexionar sobre la importancia para procurar un bienestar, pero también para entender que la distancia social y emocional ha mermado nuestro bienestar actual.

Con el inicio de la jornada nacional de sana distancia, se buscó que el distanciamiento fuera un punto de partida para evitar la transmisión del Coronavirus, sin advertir que el distanciamiento físico se mal entendería como distanciamiento social y de ahí mutaría con rapidez al distanciamiento emocional, dejando brechas socio emocionales en la actualidad.

Pero ni la jornada nacional de sana distancia ni la confusión conceptual son únicos responsables del deterioro emocional actual. El tejido social, las injusticias de años, la pandemia, y el virus se suman a la realidad de lidiar con pérdidas de seres queridos, con la ansiedad y toda esta nueva normalidad que ni es nueva ni es normal.

Si bien la salud mental, de carácter bio-psico-social, procura la búsqueda de un bienestar (más allá de la simple ausencia de enfermedad) se encuentra con barreas antes mencionadas, con echarle ganas no es suficiente para conseguir el bienestar. Se necesitan ecosistemas de bienestar, mismos que hoy se encuentran pospuestos.

¿Por qué nos cuesta tanto trabajo acceder a esos ecosistemas? Tanto el distanciamiento físico como social atentan contra la libertad de decisión. No hay leyes, además de la moral o cívica, que prohíba reunirnos y romper los protocolos. Los ecosistemas se encontraban casi en su totalidad en la libertad de decidir y de reunirnos. Sin la libertad no somos nada.

Las personas, sociables por naturaleza, buscamos (regularmente) iguales que nos validen y grupos que nos sostengan. Sin esos grupos, sostener nuestra propia presencia suele ser doloroso, deprimente, ansioso. Las redes de apoyo se han disminuido, en parte porqué veníamos deteriorados, en parte también por qué nos quitaron la posibilidad de decidir.

Pero, ¿cómo es posible que en plena era posmoderna-tecnológica, donde todo está al alcance de un click, de una video llamada, de un mensaje, las personas nos sintamos tan solas?.  

Ni la mayor de las tecnológicas, ni su constante interacción, ni tampoco el mejor de los algoritmos, logra prevenir la respuesta (muchas veces inconsciente) ante la vulnerabilidad humana. La interacción es tan líquida que no se contiene en un recipiente tecnológico. El dolor es tan real, que hay pocos paliativos a los cuales acudir. Darle un lugar al dolor, a la soledad, nos acercará al sentir.

Buscar ayuda profesional será siempre la primera opción, pero también las redes de apoyo, las conversaciones, la búsqueda de momentos especiales, el encuentro con otros. Debemos regresar al sentido humano del sentir y no sólo del padecer. 

Que la distancia física, no sea la excusa para la distancia emocional.

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