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La Hormiga|¿De quién es la culpa?

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¿De quién es la culpa?

En razón de haber sido consultor senior de la Organización de las Naciones Unidas, tuve la oportunidad de viajar por el mundo entero. Lo mismo Europa, que África, Asia y América. Me di cuenta de que el mexicano es la persona más amable de la tierra. Que tiene una amabilidad que la llamaré “amabilidad activa”. Ejemplos: “mi casa es su casa”, “gracias por darme esta oportunidad”, “gracias por este aumento de sueldo”, “gracias por fijarse en mí”, etcétera, etcétera. Agradecemos todo.

Cuando recibí un premio en España por una novela que concursé y me hablaron para informarme, sólo pude contestar: “gracias”. Victorino Polo, catedrático de la Universidad de Murcia, director del premio, me dijo: “no tiene por qué dar las gracias, se lo merece y punto”. ¿Qué le podía contestar? Lo único que se me ocurrió fue: “gracias”. “Qué no me dé las gracias, le digo. Yo soy de La Mancha y ahí las gracias se dan a cuentagotas, ¿me entiende? “Sí –le contesté– gracias”.

Baste lo anterior para ejemplificar una de nuestras graves fallas: ser amables hasta la puerta de enfrente. Damos gracias 100 veces diario. Aceptamos hasta lo inaceptable, siempre y cuando nos lo pidan por las buenas. Esta última, es decir, cuando alguien nos trata con amabilidad la identifico como “amabilidad pasiva”. Podemos enojarnos sin control y hasta arriesgar la vida si alguien nos cierra mientras manejamos, pero no tenemos problema si se abusa de nosotros por las buenas y con cariño, aunque sea claramente de forma hipócrita.

Baste preguntar una dirección o la hora en Nueva York, París o Madrid, para que le dirijan a uno, ingenuo extranjero, una vista rabiosa de desaprobación. Me sucedió al hablar por teléfono en Sevilla y preguntar “¿dónde hablo?” “Será usted idiota –me contestó una mujer–, si no sabe dónde habla”… y colgó. Por el contrario, el extranjero en nuestro país se sorprende de cómo se le ayuda, se le acompaña, se le sonríe y se le trata de solucionar cualquier asunto pequeño, como los mencionados, que le haga la estancia más feliz.

Cuando me percaté que López Obrador empezaba a sonreír, cuando como ahora, se dirige a la nación con risas y chacoteos, supe que ganaría todas las batallas. Un par de años antes de ganar las elecciones presidenciales, enseñaba molestia, enojo y hasta furia. Gritaba y manoteaba. Fueron ocasiones en las que perdió y muchas veces, hasta que lo asesoraron. Tardado, pero aprendió la lección. Con ello, consiguió un arma poderosa para hacer y deshacer con libertad y hasta con desfachatez: “con unos zapatos usados basta”; “los pobres, los incultos, son los que votan por Morena y la 4T”.

López Obrador es un gran conocedor de nosotros lo mexicanos. ¿Qué tanto no lo será, que en el uso y abuso de la “amabilidad activa”, por las buenas y sonriente, identifica a sus candidatos presidenciales abiertamente como “corcholatas”?, lo que es claramente peyorativo e inimaginable… y las “corcholatas” lo aceptan, lo presumen y lo pasean. ¿Cuántas veces no nos hemos quedado anonadados con sus puntadas de “pañuelito blanco”, “estampita de la virgencita para no contagiarse de Covid” y las que ya suman mas allá del conteo en infinito?

¿Qué hacer? No vamos a cambiar: “niño, diga por favor”, “dé las gracias”, “dele un besito a la señora”. En cambio, una decisión controversial del presidente de Francia, de un día para otro, saca a la calle a protestar a 3 millones de franceses, furiosos por habérseles reducido €2 euros a su pensión. Lo mismo sucede en Egipto, España, Holanda, Alemania, Latinoamérica e inclusive en África. Gran parte de Asia no la podemos calificar en igual manera, debido al férreo control socialista y comunista al que la mayoría están sujetos.

¿Quién tiene la culpa? ¿Debemos pensar en cambiar? ¿Ser exigentes? ¿Protestar de otra manera? En un video en redes sociales, de una niña de 10 años irritada y colérica por no poder salir a la calle, debido a la rampante inseguridad, en la forma como habla, en sus ademanes, en sus ojos de hasta aquí, encontré la semilla de una juventud menos aceptante y más exigente, que empieza a germinar, como plantita con espinas, que espero sepan unirse y detener el abuso. Para los mexicanos maduros de hoy en día, la protesta airada es contra natura. Contra nuestra forma de ser.

Si nuestra amabilidad nos conduce a que se abuse de nuestros hijos, de nuestras mujeres, de nuestros ancianos y de nosotros mismos, NO la quiero. NO quiero pagar tan enorme precio.

Jóvenes, no se vendan por un puñado de maíz. Únanse y rescaten el futuro 


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