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Recuerdos de una vida olvidable…|Del surrealismo al costumbrismo

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Del surrealismo al costumbrismo

Una de las oportunidades que da a las personas el paso de los años es constatar que si la fantasía adquiriera forma humana, envidiaría a la realidad. Con el transcurso del tiempo surgen situaciones que, aun vividas en carne propia, parecen increíbles.

Hace unos cuantos días gocé de la paciencia y del saber de los asistentes a un nuevo taller de voceros a mi cargo, experiencia que inicio advirtiendo que de lo malo también puede aprenderse.

En esa reciente interacción se presentó el momento ideal para abundar sobre la importancia de alinear expectativas en la comunicación humana. Casi simultáneamente, emergió de mis recuerdos una anécdota acorde al tema, aunque de contenido delicado, que decidí compartir cambiando únicamente el nombre del protagonista.

La situación era sencilla en apariencia. Después de casi un año de su anuncio, ni una sola carretilla de tierra había sido extraída para la construcción del paso vehicular prometido, que, además de su potencial impacto en la vialidad, tenía la misión de proyectar al presidente municipal como aspirante a gobernador.

La molestia del alcalde por el retraso de la obra, causado por la inexperiencia de su equipo y complejidad de los requisitos federales, creció hasta que una mañana explotó.

Ese día acababa de regresar de la capital del país el funcionario al que había comisionado para dar seguimiento al caso. Las noticias que trajo el enviado fueron malas: la Secretaría de Comunicaciones y Transportes aseguró que no había recibido las modificaciones del proyecto solicitadas, pese a que un día antes el secretario municipal de Obras Públicas dijo al presidente municipal haberlas entregado personalmente en la dependencia federal.

Por mentiroso, expresó molesto el alcalde, uno de los dos empleados sería cesado de manera fulminante. Dado que debía acudir a un evento, pidió a quienes integrábamos su equipo de asesores no perder más tiempo y entrevistar separadamente a ambos funcionarios. Apenas unos minutos después, el titular de Obras Públicas ingresó a la sala de juntas.

—Apreciado Francisco, el presidente municipal nos pidió tener esta reunión, en la que ni Manuel ni yo buscamos culpables, sino soluciones para este caso que conoces tan bien—aclaró en tono conciliador mi compañero.

¿Qué podía salir mal, cuando la voluntad para construir estaba sobre la de destruir? Sólo una cosa: la conducción de cada parte en pistas diferentes.

—Les juro que sólo salimos una vez; compartimos un par de copas, y nada más— dijo el entrevistado, sorprendiéndonos, aunque nos negábamos a admitir aquello que empezábamos a suponer.

—Deveras, no volverá a pasar; ella y yo no tenemos nada más que una amistad—continuó sin freno, provocando que mientras yo enmudecía, mi compañero se levantara de su asiento y caminara hacia atrás abriendo los brazos en manifestación de incredulidad. Evidentemente, el entrevistado hablaba de un conflicto en la cúpula del poder distinto al de nuestro interés. A la postre, una vez ubicado en el tema que realmente nos convocaba, resultó la persona que manejaba la verdad a medias, pero no fue despedido.

A propósito de esta experiencia cuasi surrealista, reconozco que la vida no es tan cruel como algunos podemos pensar, pues además de la opción del llanto ofrece la de reír.

Escuchar sobre el auge económico cuando no se tiene trabajo, el fin de la corrupción cuando únicamente se observa la renovación de manos sucias, la garantía de seguridad cuando la intranquilidad en la calle es la certeza o el fin de la emergencia hídrica cuando retrocedes en el tiempo para vivir sin abasto domiciliario de agua, puede ser motivo de sarcasmo cruel o risa involuntaria.

El suspiro de sorpresas que es la existencia humana presenta continuamente disyuntivas así,  en un ambiente donde la otrora política es hoy degradada al juego primario de unos simulando decir la verdad y otros fingiendo creerla.

En esa constante de vías de intersección imposible, hay un tránsito muy distinto en cada una de ellas.

En una paralela circula la agenda de la ilusión, ego y compromisos sin riesgo mayor para quienes confunden liderazgo con la capacidad de posponer la debacle hasta que hayan desaparecido, temporal o definitivamente.

En otra, transita la cotidianidad de los espectadores del poder, deseosos de tener respuesta a sus necesidades –pequeñas o ignoradas para quienes sin pudor dicen representarlos–, cuya insatisfacción genera una presión de desfogue imprevisto, alimentada por el desencanto de saberse sólo parte del público de los poderosos que transitan en vía distinta.

Ay, Francisco, ve todo lo que provocaste.

riverayasociados@hotmail.com 


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