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Delincuentes del Martes del Jaguar

Una típica ama de casa inglesa quiso cambiar los enseres de su cocina por nuevos modelos. Buscó ollas de presión en Amazon a mitad de precio. 

Por su parte, el marido de esta mujer buscó en una cuenta de ventas por Facebook una mochila térmica. 

Y para empeorar la situación legal de esta familia de potenciales criminales, su hijo de 20 años entró horas más tarde a un diario digital y leyó, de entre toda la información, la nota más indebida: una breve reseña de los atentados cometidos recientemente en EUA.

La inocentada les costó cara. O su mala suerte de navegar en Internet. Un operativo antiterrorista tomó por asalto su hogar. 

El marido y el hijo dormitaban cuando el comando de agentes federales entró con fusiles en ristre. 

La casa fue cateada. Interrogaron a los inquilinos. 

Al final, los agentes reconocieron que recibieron un aviso de alerta contra esta familia que había buscado en línea una olla de presión, comprado en línea una mochila y leído una nota sobre los atentados en EUA. 

Pero, dado que no eran terroristas, los agentes los dejaron libres y se fueron. Cuando el ama de casa se enteró del cateo policiaco a su domicilio, se desmayó del susto.

El miedo colectivo se ha vuelto sofisticado. Y no son casos aislados: los guardianes del orden de los países del mundo libre lo hacen cientos de veces por semana. El 99% de estos cateos antiterroristas son falsos.

¿En México estamos al margen de este espionaje oficial en contra del ciudadano? No: hay evidencias de que nos vigilan órganos de inteligencia gubernamental. Pregúntenle a Alito, o al propio fiscal Gertz Manero. 

Hay claros indicios de que también lo hacen las autoridades de otras instancias. Sé de lo que hablo: a todas luces es un asunto controvertido, pero a raíz de la revelación del espionaje en otros países, los usuarios de las redes sociales en México tenemos que cumplir medidas de protección para nuestros equipos de cómputo y teléfonos inteligentes.

Circula incluso en la web profunda un dosier de 12 páginas escrito por un comando árabe al que algunos hemos tenido acceso. 

Por increíble que parezca, la popularidad underground de este documento no se debe a la adhesión en masa de los hackers regiomontanos a los postulados musulmanes sino a la lucha soterrada pero irreversible por defender nuestro legítimo derecho a la privacidad personal.

Difundir las medidas preventivas que consigna este documento clandestino no implica infringir la ley, sino ponernos a salvo de intentonas autoritarias en el universo digital que cada vez son más explícitas y menos camufladas por muchos gobiernos del supuesto “mundo libre”, empezando por el nuestro. 

¿Cuáles son estos consejos que circulan en la periferia de los circuitos convencionales? En principio de cuentas, cubra con cinta adhesiva la cámara frontal de su celular, porque la mayoría de estos teléfonos están programados para tomar fotos de su rostro. Su micrófono para grabar videos puede ser ganchado para grabarlo a usted 24/7. Así le pasó a Alito. 

No ponga información verdadera en ningún sitio web que le solicite registro. Evite cualquier relación en redes con una persona con identidad diferente a la de quienes trata usted usualmente. Memorice sus contraseñas, no las escriba.

Reemplace la batería de su teléfono y su chip cuando sospeche que sus llamadas son intervenidas y borre lo más posible sus mensajes en WhatsApp (aquí los redactores de ese documento se equivocan porque nada desaparece en el universo digital: Google nos conoce mejor que nuestra propia madre). 

Si se vale de su equipo de cómputo para acceder a Internet no lo use para ningún otro trabajo. Si lo usa para el trabajo no lo utilice para asuntos privados. 

Cambiar frecuentemente el chip de nuestro celular ya no resulta nada caro. Los venden en cualquier súper 7. 

No deja de ser desagradable sabernos espiados por nuestras autoridades locales, federales o de otros países y ser sorprendidos en nuestra vida privada con una versión moderna y altamente tecnificada del panóptico de Jeremy Bentham o del célebre Big Brother de George Orwell. Además, es un delito. 

En todo caso, no les allanemos el camino para entrar impunemente a nuestros hogares valiéndose de nuestros hábitos y comportamientos que reflejamos en las búsquedas de Internet. 

Ya se ve que los gobiernos de cualquier país son un problema contra la seguridad personal. ¡Que se vayan al carajo!


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