Desde el Cerro de la Silla


Le llamamos con orgullo la Ciudad de las Montañas y efectivamente los montes que rodean esa aglomeración que llamamos Monterrey son bellísimos.

Configuran sin embargo una cacerola encerrada que está destinada a una acumulación de aires que escasamente conoce ventiscas que limpien su atmósfera. 

Siempre ha sido así. Pero precisamente cuando comenzó el auge que convirtió a nuestra ciudad en la capital industrial del país –tiempos lejanos del primer cuarto del siglo veinte– surgieron en los extremos del valle regiomontano las dos principales fuentes de su inicial contaminación ambiental.

Por el oriente, todas las tardes el cielo se pintaba de rojo radiante cuando la Fundidora vaciaba sus peroles de escoria a enfriar en las cercanías de Félix U. Gómez. En el poniente comenzaban a surgir las pedreras, abastecedoras activas de las fábricas de cemento. En medio todos respirábamos sin saber ni siquiera qué.

El crecimiento demográfico brutal de esta concentración urbana, desordenado y repentino, no vino acompañado de planeación urbana ni ambiental. Nuestras vías siguen siendo las mismas que eran hace medio siglo para cuatro veces la población y vehículos. En ese ambiente descubrimos la contaminación ambiental y comenzamos a buscar culpables a los que crucificar. Como siempre, el hilo se quiere romper por lo más delgado: pasando por alto los gases tóxicos que la industria emite incesantemente, los pensantes del poder volvieron la cara a los automovilistas y como son incapaces de aportar unan idea propia, pretenden apropiarse de las supuestas soluciones que en otras latitudes ya demostraron su ineficiencia. 

Doña Sandrine Molinar, que me dicen es directora de un tal Consejo Cívico, pide que se aplique el programa Hoy no Circula. La diputada local Ivonne Bustos, presidenta de la Comisión de Medio Ambiente del Congreso estatal y como si algo faltara del llamado Partido Verde Ecologista Mexicano, abunda sobre la necesidad de aprender de la experiencia capitalina, restringiendo la circulación de vehículos automotores. Se puso en la cola del líder de los diputados del PRI, Francisco Cienfuegos, abogando por lo que no conocen, en su mentalidad de rancho grande.

Evidentemente no tienen idea de lo que dicen. Yo sí conozco el Hoy no Circula, y me consta que a lo único que ha contribuido es a incrementar el parque vehicular de la Ciudad de México. Si me impiden que un día a la semana mi carro circula, me compro otro. Generalmente más viejo, por más barato, sólo con una terminación de placa diferente.

Está comprobado en la Ciudad de México que la mayor fuente de contaminación no son los automóviles particulares. Es innegable que si los habitantes de la capital de la República tuviesen un transporte público eficiente, limpio, seguro y puntual como el que hay en Londres, Nueva York, Estocolmo o París, los mexicanos de la capital tendrían la proporción de automóviles que poseen los londinenses, neoyorquinos, suecos o parisinos.

Si los regiomontanos tuvieran transporte público de calidad no necesitarían dos automóviles como los obligaría el Hoy no Circula. Uno sería demasiado. Está suficientemente demostrado que el programa Hoy no Circula fue una medida demagógica para desviar la atención por un lado de las verdaderas fuentes de contaminación, la actividad económica afuera de toda regulación, y aparentar una solución que no lo era pero que tuvo un impacto social notable.

Para nadie es un secreto que en la Ciudad de México los días de asueto, los fines de semana prolongados en los que el índice de automóviles en la calle disminuye en gran medida, la contaminación sigue siendo alta, en los mismos niveles que cuando las calles están congestionadas.

Los improvisados sabios regiomontanos están tratando de imitar un error comprobado. Espero que no tengan éxito.

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