Opinión

Las cartas sobre la mesa|Dios es incondicional

Dios es incondicional

Este domingo resuena en nuestro corazón la palabra misericordia. El pasaje del Éxodo nos expone el pecado de infidelidad a Dios del antiguo pueblo de Israel, una lección para nosotros que con frecuencia nos postramos ante los ídolos que la sociedad nos presenta, admiremos siempre cómo la misericordia de Dios para con su pueblo es grande, gracias a la intercesión de Moisés. Pablo en su carta a Timoteo nos comparte cómo experimenta la misericordia de Dios a través de la persona y misión de Jesús: “quien vino a salvar a los pecadores” y dice el mismo Pablo: “y el primero soy yo”. En el evangelio leemos las tres parábolas de la misericordia, nos centramos en la parábola del hijo pródigo, la parábola por excelencia donde Jesús nos deja entrever la increíble misericordia de Dios para con todos, Dios Padre es magnánimo, es incondicional, a pesar de nuestros pecados e infidelidades.

La misericordia tiene dos caras: amor y perdón. Jesús nos expone en las tres parábolas evangélicas el aspecto más importante de Dios: el amor. Dios ama a los pecadores, y por eso los busca como el Buen Pastor va en busca de las ovejas descarriadas; o como un ama de casa busca un cheque que no sabe dónde lo ha puesto, hasta que lo encuentra. Dios ama al pecador, como un padre ama a sus hijos: al que se le va de casa pidiéndole por adelantado su herencia, y al que se queda en casa, pero se comporta con él de modo distante y tal vez huraño. Y porque ama, no puede hacer otra cosa que mostrar su amor: perdonando, comunicando el amor, celebrando con una fiesta, invitando a todos a compartir su alegría. Este retrato de Dios, pintado por Jesús, nos conmueve y nos infunde ánimos para vivir dignamente como hijos. 

Este retrato resalta todavía más si lo ponemos al lado del retrato que nos ofrece la primera lectura, tomada de la historia del Éxodo. El autor nos narra lo que se podría denominar: el pecado original, del pueblo de Israel: Apenas acaba de firmar el pacto de alianza con Yavéh, cuando la rompen, se construyen un toro de metal fundido y lo convierten en su “dios” en lugar de Yaveh. Dios se llena de ira y quiere exterminarlos. Sólo la intercesión de Moisés logra que Dios se “conmueva” y abra la puerta de su corazón a la misericordia. Hay un progreso en la revelación del corazón de Dios, con Pablo nos damos cuenta de que ahora la misericordia de Dios lleva por nombre “Jesús”. Jesús, no sólo se le ha mostrado misericordioso a Pablo, sino que además le ha tenido tanta confianza que le ha llamado a predicar el Evangelio de la misericordia en el mundo entero.

Ante todo hay que decir que la misericordia de Dios no está sometida a las leyes del tiempo. Y esto en un doble sentido: primero, cualquier momento es bueno para que el Buen Pastor busque la oveja perdida, como también lo es para que el hijo se ponga en camino hacia la casa del padre; en segundo lugar, la puerta del corazón del Padre está abierta las 24 horas del día, incondicionalmente, no tiene horarios. Nadie podrá decir a Dios: Cuando te busqué, tú no estabas.

La misericordia de Dios no se agota, está marcada por la eternidad que Él es y en la que Él vive. Mientras exista la vida, siempre habrá la posibilidad de acudir a Él y ser acogido en sus brazos de Padre. No mira Dios el comportamiento indigno que se haya tenido, ni el número de veces que se le ha abandonado y despreciado; mira únicamente los movimientos interiores del alma que anhela el perdón y el abrazo paterno, mira los ojos húmedos como una esmeralda en la que brilla el arrepentimiento, mira los pasos indecisos de quien se acerca a Él para decirle: “He pecado. Perdóname. ¿Qué quieres que haga?”. Dios no se fija en la categoría del pecado, sino en la categoría del alma, esta es la incondicionalidad de la misericordia de Dios.

La misericordia de Dios transforma a la gente, cambia en cierta manera la vida del hombre. El pueblo de Israel, en medio de tantas dificultades y a pesar de sus caídas e infidelidades, llevó siempre la bandera del Dios fiel y redentor de su pueblo bien alta. El caso de Pablo es luminoso: puso todas sus cualidades al servicio del Evangelio de Jesús y por Él se gastó y desgastó hasta dar la vida. Dios es incondicional con nosotros y nos reta a acercarnos, y a practicar esa incondicionalidad del amor, del perdón y de la misericordia con los demás.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, ruega por nosotros. 


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