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Latitud

¿El acero es nuestra artesanía regiomontana?

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¿El acero es nuestra artesanía regiomontana?

Me cuestionan duramente varios lectores mi artículo de ayer: El Cuchillo II y el bebé de Mariana (12/9/2022). ¿Por qué tendríamos que sentirnos orgullosos de que las empresas que participarán en la construcción del acueducto El Cuchillo II sean 100% nuevoleonesas? 

Yo les respondo a mis críticos con una obviedad: porque soy de Monterrey y escribo para mis paisanos. 

Y a pesar de la contaminación que tantos estragos nos provoca, de la inseguridad que lamentablemente no cesa y de los malos políticos tan corruptos que hemos tenido a nivel local (sin contar con los que nos exportan del centro del país), yo me siento muy orgulloso de ser regiomontano. A mucha honra no soy del mero San Luisito pero sí del mero Hospital Muguerza. 

Somos ya casi 6 millones de nuevoleoneses que mal que bien vivimos bajo el Cerro de la Silla, y protegidos (es un decir) por el Obispado. 

La austeridad es lo nuestro en casi todos los aspectos, incluyendo el lenguaje (barroco a duras penas lo es el Obispado y casi sólo en su fachada). 

Somos tan austeros, que los regiomontanos en general no solemos terminar la oración completa; dejamos a la mitad la composición de muchas frases. Eso en gramática tiene un nombre: anacoluto, es decir, falta de correlación o concordancia sintáctica entre los elementos de una oración. 

Quienes somos de Nuevo León solemos ser medio reticentes para armar bien una frase o para concluirla. No se piense que por flojera sino por austeridad. 

Además de hablar con anacolutos, los regiomontanos en general somos pésimos para cocinar platillos típicos mexicanos (si es que existe una conjunción de artes culinarias tan antagónicas como el burrito sonorense en tortilla de harina, el mole poblano y el papak-zul yucateco). 

Pero nos compensa la falta (que casi llega a afrenta nacional) el que seamos expertos en asar cabrito al pastor, la fritada, el machacado, el dulce de frijol y por supuesto la carne asada.  

En Nuevo León carecemos de verdadera artesanía regional, a no ser que nuestra artesanía por excelencia además de textiles y hacer sogas con la lechuguilla (que no es precisamente un invento norestense) sea el acero. Somos muy buenos para fundir acero. 

Yo creo que el acero es nuestra mejor artesanía. 

No en balde, la Fundidora y personalidades de la arquitectura llevaron el acero y el ladrillo en la época moderna a la construcción de casa-habitación. 

Aunque sin duda quien marcó la diferencia nuevoleonesa fue el eminente arquitecto Eduardo Padilla, quien armonizó la arquitectura de empresas al entorno local, dándoles una singularidad doméstica a las fábricas (decorándolas con maderas, jardines interiores y exteriores, ambientes hogareños, etcétera) e integró oficinas corporativas en las mismas plantas de producción.  

Eduardo Padilla fue un gran artista que reimaginó los espacios privados y públicos del noreste. Prometo escribir pronto su biografía. 

Vuelvo al acero. Nuestros ingenieros (que para nosotros son sinónimo de arquitectos) son en Nuevo León nuestros grandes artesanos. 

Mi papá Eloy Garza Mascorro además de cantante tenor, fue un notable ingeniero civil de la UANL y yo me crié entre planos de acueductos, estructuras y tubería de acero. Era un talento matemático y él se denominaba simplemente "artesano" con todos y sus estudiosos especializados. 

Yo mismo soy o me siento un artesano al escribir estos artículos y creo que la columna de prensa, sin adornos ni retorcimientos vanos, es una artesanía propia de las austeridad regiomontana. 

De ahí José Alvarado y hasta el propio Alfonso Reyes, quien en la medida en que fue quitando a sus textos la crema de adjetivos, se volvió el más grande ensayista mexicano.

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