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La Hormiga

El Catadamas, mi última novela

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El Catadamas, mi última novela

Al terminar de escribir El Catadamas en 2015, le envié la novela a Carmen Balcells, agente literaria con sede en Barcelona, representante de seis premios Nobel, entre ellos García Marqués y Vargas Llosa. Le pedí que me representara en la colocación y publicación de mi obra literaria. La costumbre de pasar por un agente literario viene del mundo anglosajón, lo que presenta enormes ventajas. En el mundo hispano esta labor es mínima y apenas tiene poco mas de 50 años, en tanto los “literary agents” llevan siglos de existir. El agente literario es el primer tamiz o filtro de un trabajo, ya que sólo invertirá su tiempo en aquellas obras que considere valiosas, desde el punto de vista intelectual y de mercado. Por supuesto, las editoriales leen los prospectos que reciben de agentes literarios de prestigio, al grado de que es muy raro que lean algo enviado directamente por algún autor, lo que además representa la inconveniencia de que el escritor se presente ante la editorial y defienda la “gran calidad y mercado” de su obra. En particular a mí me resulta de espanto. Prefiero seguir encerrado en mi estudio, que salir a hablar bonito de mí, con carita de por favor.

Acceder a Carmen Balcells no era cosa sencilla. En mi caso, por haber obtenido en España  el Premio Internacional de Novela Mario Vargas Llosa en 1997, conocí a Victorino Polo, eminente profesor de literatura iberoamericana de la Universidad de Murcia, jurado del premio que recibí. Él me recomendó con Carmen, quien leyó un cuento y esta novela de mi autoría. Recibí de su parte un contrato de representación firmado por ella, mismo que con la garganta atorada regresé firmado por mí y empezamos a trabajar. 

Carmen se levantaba temprano y en silla de ruedas. Portaba 84 años y la retoma de la dirección de su agencia. Me pidió paciencia, ya que iniciaba negociaciones con otras agencias para fusionarse. Me ha costado trabajo pero he aprendido que en literatura los plazos son largos y fatales. Meses después Carmen falleció. De común acuerdo con el hijo de Carmen, dimos el contrato de representación por terminado.

Carmen me escribió bastantes correos electrónicos pidiéndome calma. Nos sirvió para lograr un amistad electrónica que aprecio enormemente y que me llevaré conmigo, junto con el orgullo de saberme leído y aprobado por la Mamá Grande. He aquí algunos pasajes de El Catadamas, al que le hice una revisión adicional: “… los hechos que aquí se relatan toman su fundamento en lejana data, cuando los indios y los animales se mercaban, herían y destripaban por igual, en tanto el viento y la poca voluntad de memorias entonces vivas, borraban lo que no se debe perder.

Las pocas fuentes que existieron sobre este Dios, fueron los apuntes de don Rodrigo de Peñadura y Roncal, hijo bastardo de a quien Felipe II, a finales del Siglo XVI, le entregó La gobernación del Soconusco, tras negársela a Miguel de Cervantes Saavedra, que como bien se sabe se quedó a escribir El Quijote de la Mancha… el tema de los catadamas es más escabroso que las espinas del árbol elishcanal y sus fieles hormigas.  

… En la Finca Brandeburgo, nació Godulfo, hijo de descendiente alemán finquero y una india mame varejoncita que no llegaba a los 20. La india hablaba unas cuantas palabras de español, pero sabía halagar a su “güero”, como también lo hicieron varias docenas de hembras de piel de bronce, por lo que el hijo del finquero pudo multiplicar su descendencia por cientos… Nadie discutía el derecho de los patrones de plantar su raza…

Madre e hijo estaban en el Parque Hidalgo, en Tapachula, donde no se les permitía sentarse en las bancas del jardín, por su falla notoria de ser indígenas. Apenas, años antes se les había autorizado hablar castilla en público con los blancos. Desde el suelo observó como un viejo limpia botas le sacaba brillo al calzado del güero cuarentón de pantalones y manos sucias… Su madre lo apuntó como quien señala el gallo que pisa a las ponedoras, con quien es inútil trabar conversación o reclamo. La madre, desguachipada como todos por el calor, cubierta con falda y blusa blanca ligeras, chichis amelonadas y piel lisita, le dijo: mira güero este es tu hijo. Salió con mechas de huevo como tú. Ya sé. Es el Godulfo, ¿qué no?, respondió Luther… me dijiste que le pusiera Godulfo, dijo la india y agregó, ¿No ti acuerdas? Claro que sí, pero ya ha pasado tiempo. Luther retenía en la memoria lo apretadita que estaba cuando la penetró. Lo bauticé en la iglesia hasta que cumplió los tres años y dejó de ser mono, dijo la india. Godulfo, Godulfo, buen nombre alemán, contestó al recordar gustoso… 

… Llegué [con el catadamas] a la pensión, localizada en la calle de Perú [en la Ciudad de México]. Un vetusto caserón de dos pisos, con tufo a orines y detergente, más viejo que el palacio de Drácula, con marcos, puertas, aplanado y ventanas a punto de demolición. Estaba predestinado a caerse en el temblor de hacía cuatro años y si no lo hizo fue por algún pacto insólito con alguna energía retumbera de las profundidades de la tierra. En el centro, una pileta servía a los huéspedes para lavar ropa. Dos baños en planta baja, abiertos al público, con escusado y regadera de agua fría (un letrero: ‘a peso la miada, dos por lo otro’)”.

Apesadumbrado por la muerte de Carmen, enlaté la novela durante años. Acaba de salir a la luz por primera vez. 

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