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Inteligencia Financiera Global

El desastre económico que viene: segunda parte

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El desastre económico que viene: segunda parte

El trabajo de los (buenos) economistas consiste en advertir las consecuencias de las decisiones personales, empresariales y sobre todo las gubernamentales, no sólo en el corto plazo, sino en especial las de aquellas cuyos efectos en lo inmediato pueden ser no tan notorias, pero que con el paso del tiempo se irán convirtiendo en auténticas perturbaciones económicas de graves consecuencias.

En la primera parte de este artículo, titulada Un desastre económico se avecina por Reforma Eléctrica (bit.ly/2ZkzNok), abordamos los principales efectos que tendrá la contrarreforma eléctrica presentada por el presidente López Obrador si es aprobada en sus términos.

Dijimos que uno de ellos será la pérdida de más competitividad de México en el contexto internacional, así como de miles de millones de dólares en inversiones nacionales y extranjeras que son indispensables para que la economía y los empleos crezcan.

Asimismo, dijimos que el incremento en los costos para las empresas acabará siendo trasladado a los consumidores finales a través de mayores precios, con lo que la inflación será presionada al alza en el peor momento. Aquí la muestra: el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC) avanzó 6.12% anual en la primera quincena de octubre desde el 6.13% registrado en la segunda quincena de septiembre, según informó el viernes el Inegi.

Aunque el oficialismo y sus afines insisten en que la inflación elevada es “transitoria”, la realidad es que no sólo son los “cuellos de botella” que han provocado un “choque de oferta” tras los confinamientos de la pandemia. En realidad, México padece un problema de alza generalizada de precios por causas tanto externas como internas.

En lo externo, los brutales e históricos estímulos de gasto público, tasas de interés artificialmente deprimidas a la baja y la histórica liquidez, inyectados desde los gobiernos y bancos centrales del orbe, sumados a la reapertura generalizada de las economías, continúan presionando hacia arriba los precios ante el aumento de la demanda.

Dicha demanda está regresando con toda su fuerza, pero la oferta de bienes y servicios no puede ser la misma a causa de la destrucción masiva de empresas provocada por la decisión de frenarlas en seco por decreto en casi todos los países. Millones de empresas y negocios quebrados no podrán reabrir jamás, y levantar más y nuevas empresas toma tiempo.

No es casualidad entonces que todos los indicadores de precios de materias primas se encuentren en máximos de varios años, como el Bloomberg Commodity Index o el Rogers International Commodity Index, que se ubican en niveles no vistos desde finales de 2014. Cabe destacar que pese a dicha alza, ambos se encuentran todavía alrededor de 50% por debajo de los niveles récord que alcanzaron en 2008, lo que es un mal presagio para lo mucho que todavía podrían escalar los precios de las mercancías, pero una gran oportunidad para los inversores más avezados.

A las presiones externas sobre la inflación súmele los factores internos, entre los cuales destacan por ejemplo las tasas de interés reales negativas, a pesar de las tres tibias alzas de 25 puntos base que ha impulsado el Banco de México (Banxico) este año, y que mantienen su tasa objetivo en apenas 4.75 por ciento. También, agregue el excesivo gasto público deficitario del gobierno federal que para el próximo año será de $7 billones 088,250.3 millones de pesos, con un déficit presupuestario de casi 900,000 mdp.

Por último, está el factor de las malas decisiones políticas y sus afectaciones estructurales de largo plazo sobre la economía mexicana, la más reciente de las cuales tiene que ver con la reforma eléctrica.

Aunque es normal que aún esté a debate qué tan “limpias” son en realidad las energías renovables –discusión similar a si los autos eléctricos son al final más tóxicos o no para el medio ambiente que los autos actuales con motor a gasolina–, de lo que hay pocas dudas es que la era del petróleo y el carbón está cada día acercándose más a su final. Pretender volver a un pasado de monopolio estatal de la producción y distribución de energía mientras se desincentiva el desarrollo de las nuevas tecnologías, es un gran salto hacia atrás en todos los sentidos.

Y quizás más importante todavía: México se sigue debatiendo entre si avanzar más hacia una economía donde se respeten los contratos, donde a los individuos y a las empresas se les garantice su propiedad privada, y donde a los agentes económicos se les respete su derecho a elegir, o volver al estatismo.

En este sentido, el gobierno de México se empeña en avanzar sin escuchar las alertas que se encienden por doquier.

Esta vez, con la contrarreforma eléctrica –si se aprueba como parece que será– el daño infligido a la economía nacional será devastador. El mensaje a los inversores nacionales y extranjeros es que el nuestro es un país donde no se respetan los contratos, donde se desdeña la importancia del sector privado en la economía y donde el Estado de Derecho brilla por su ausencia.

Aquí hemos advertido que estas perniciosas políticas públicas se reflejarán tarde o temprano en indicadores cruciales como el tipo de cambio. Los fundamentos del país y de nuestra moneda continuarán debilitándose garantizando que en el futuro el cáncer de la inflación y de la pérdida de valor de nuestro dinero será cada vez más grave.

Volvemos a advertir que la “línea roja” que López Obrador no debía cruzar –la del control de precios– ya ha sido violada con su política de precios en el gas doméstico. ¿Puede imaginar que en el escenario planteado de inflación elevada y creciente, el gobierno se resista a expandir más su control de precios? Es improbable. Esa sería la puntilla para la economía de México, y la bandera de salida para problemas más graves como la escasez y los mercados negros.

Usted decide si se prepara o no, pero hacerlo sería lo más responsable cuando las probabilidades juegan en nuestra contra.

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