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El momento presente

El fruto de la paciencia

El momento presente

El fruto de la paciencia

Un proverbio persa que me recuerda lo difícil pero valioso de ser pacientes dice: “La paciencia es un árbol de raíces muy amargas, pero de frutos muy dulces”.

Y lo anterior lo sabemos. Sabemos lo difícil y desagradable que puede llegar a ser el tener que esperar a que los proceso maduren, a que las situaciones que nos interesan se vayan desarrollando de acuerdo con su propia naturaleza, pero también sabemos, por experiencia directa, lo profundamente reconfortante cuando eso que esperamos, culmina como lo deseamos.

Sin embargo, hoy en día, lograr ser pacientes es todo un reto porque hemos diseñado una sociedad que avanza a una velocidad vertiginosa, aunque la palabra avanza, es algo que debe tomarse con reserva.

Ya que mucha de nuestra prisa y nuestra impaciencia sólo nos lleva a movernos en círculo, creyendo que avanzamos, pero como en una banda sin fin, corremos, pero sin llegar a ninguna parte.

Por lo que si no nos bajamos de esa banda y permitimos que lo que es realmente importante, florezca a su propio tiempo, cometeremos muchos errores y tomaremos decisiones precipitadas cuyo resultado será invariablemente adverso.

¿Cómo ser pacientes? La paciencia es una actitud que inicia por el reconocimiento de la necesidad de saber contenerse y esperar para recoger mejores frutos, una vez que consideramos su valor, lo que sigue, para ayudarnos es, entrenar nuestra mente en el arte de la conexión al presente.

En el momento presente siempre está ocurriendo algo, esto es, en el aquí y ahora, podemos darnos cuenta de infinidad de procesos en los que podemos enfocarnos para permitir que la mente se asiente de esa turbidez que le lleva a tomar decisiones precipitadas y hay un cuento budista que lo describe claramente.

En una ocasión Buda y sus estudiantes caminaban por un sendero y al ir avanzando, el maestro se dio cuenta que uno de sus discípulos, preguntaba a otro monje de manera insistente, cuánto faltaba para llegar al pueblo, ante tal pregunta su compañero sólo encogía los hombros en señal de desconocimiento.

Entonces Buda le pidió al joven impaciente que se regresará a un río que acababan de pasar y le trajese un cuenco con agua de ese río para beber. El joven fue, pero al ver el agua turbia por el paso de unas carretas, corrió con Buda y le dijo, que el agua era imbebible, ante ello el maestro le dijo: Regresa y tráeme agua de ese río.

El joven regreso, algo molesto y la siguió viendo turbia, pero decidió sentarse al lado del río para pensar cómo decirle a Buda que su terquedad no era digna de un maestro, pero al estar pensando, veía en el agua, cómo la tierra se iba asentando y entonces comprendió el mensaje: Espero unos momentos más y el agua (y su mente) eran totalmente cristalinas y de esa manera, tanto el agua era bebible, como su mente era paciente para esperar los procesos importantes de la vida.

Hasta el siguiente momento presente.

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