El jardín de las metáforas


En días recientes, ha corrido por la red un video donde una jovencita grita a los cuatro vientos que el euskera, hablado en algunas regiones del norte de España, es el idioma más bonito del mundo. Para justificar su aserto, habla de bellas metáforas que se esconden en algunas palabras. Empieza la retahíla con la siguiente triada:

“En euskera no decimos ‘parir’, decimos ‘erditu’, que es algo así como ‘dividirse por la mitad´. En euskera no existen las abuelas, existen las ‘amonak’, que son como ‘buenas madres’. En euskera no existe enamorado, existe ‘maitemindua’, que es como ‘herido por amor’». Luego de un respiro, sigue con más:

“En euskera no existe el Este, existe el ‘equialde’, que es como ‘el lado del sol’. No hay corazones, hay ‘bihotxak’, que significa ‘dos sonidos’. En euskera no existen las brujas, existen las ‘sorginak’ que son como ‘creadoras’. No existe el mes de febrero, existe ‘otsaila’ que es como el ‘mes de los lobos’”. Tras una breve pausa, termina con otra ristra de interesantes ejemplos.

“En euskera no existe la luna, existe ‘ilargia’, que es como la ‘luz de los muertos’. No existe gratis, existe ‘muxutruk’, que es como ‘a cambio de un beso’. No decimos desierto, decimos ‘basamortu’, que es como ‘bosque muerto’. No decimos bombero, decimos ‘suhiltzaile’, que es como ‘asesino del fuego’. Por último, en euskera no existe el horizonte, existe ‘ortzimuga’, que es como ‘el límite del cielo’”.

Sin duda, es una delicia cuando las metáforas escondidas en las palabras se nos manifiestan, pero no es el euskera la única lengua en lo que esto sucede, en todos los idiomas podemos vivir estas experiencias y el español no es la excepción. ¿Echamos un ojo?

Por ejemplo: cuando en español decimos cantimplora, decimos “objeto que canta y llora”, por el sonido que hace el líquido al vaciarse. Con la palabra bicicleta, hacemos referencia a un vehículo de “dos ruedas”. Cuando decimos compañero, hablamos de la “persona con la que compartimos el pan”.

Hay también palabras que guardan resonancias mitológicas, como pánico, que es “miedo al dios Pan”, aquella deidad que era una mezcla de hombre y macho cabrío. También el verbo venerar, que es “rendirle pleitesía a la diosa Venus”. Cuando decimos jovial, evocamos la “alegría del dios Júpiter”.

Cuando escuchamos el eco, rememoramos el mito de Eco, la ninfa que cautivaba con las palabras y que con esta virtud distraía a Hera, la esposa de Zeus, para que este pudiera andar de coscolino con otras féminas. Al ser descubierta, la iracunda diosa la castigó privándola de su voz, condenándola a sólo poder repetir la última palabra de quien le hablara, la tristeza la fue desvaneciendo, pero su esencia se mantuvo en las montañas, donde todavía  sigue respondiendo con los últimos sonidos de quien grita o habla fuerte.

En otras metáforas escondidas, cuando decimos trabajo hablamos de “sufrimiento”; la palabra viene de “tripalium” un instrumento de tortura. Si decimos persona, evocamos una máscara, en latín llamada “personare”, que se usaba en el teatro para magnificar el sonido (per-sonare) y que además distinguía a cada personaje.

Ya ven, el lenguaje es un jardín de metáforas que están ahí para deleitarnos con su aroma, sólo es cuestión de acercar las narices a las palabras.


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